jueves, 26 de marzo de 2009

El baile en la Biblia. Por Samuele Bacchiocchi

Los adventistas y otros cristianos conservadores se han opuesto en general al baile como práctica social, tan popular actualmente. Sin embargo, el salmista en dos ocasiones invita a los creyentes a alabar a Dios “con danza” (Salmo 149:3; 150:4). ¿Significa esto que el baile es apropiado para los cristianos dentro de la iglesia pero inaceptable fuera de ella?

Muchos ven en esos pasajes de los Salmos el respaldo bíblico para la danza religiosa en la iglesia y el baile social fuera de ella. La idea sobre la que elaboran su razonamiento supone que si el baile en la Biblia forma parte del culto y la adoración, ello significa que aquél representa una legítima forma de diversión social. Esta presuposición está basada en una lectura superficial de los dos textos mencionados y en la falta de comprensión de la naturaleza social del baile en la Biblia.

Los eruditos discuten la traducción del término hebreo mekovl como “danza” en Salmo 149:3 y en Salmo 150:4. Mekovl deriva de kovl, que quiere decir “abrir” o “inaugurar”,1 una posible alusión a un instrumento musical de tubos. De hecho, algunas versiones de la Biblia toman en cuenta esta etimología y ofrecen otra traducción en el margen.

Esa lectura marginal se apoya en el contexto de ambos pasajes, donde la mención de mekovl ocurre dentro de una lista de instrumentos dedicados a la alabanza al Señor. Como el salmista está enumerando todos los instrumentos que pueden ser usados en la alabanza, resulta razonable asumir que mekovl es también un instrumento musical. El paralelismo de expresiones, tan típico de la poesía hebrea, contribuye a afirmar esta conclusión.

Además, el lenguaje figurativo de estos dos salmos difícilmente pueda admitir una interpretación literal de una interpretación igualmente literal del baile. El Salmo 149 anima a los fieles a alabar al Señor en los “reclinatorios” y con “una espada de dos filos en sus manos”, obviamente, descripciones figurativas. Del mismo modo en el Salmo 150. El propósito de esos pasajes no es especificar el lugar y los instrumentos que van a emplear para alabar al Señor durante el servicio divino. Tampoco se proponen ofrecer una licencia para bailar ante el Señor en la iglesia. En todo caso, tienen el propósito de invitar a la alabanza.

David fundó el servicio de la música en el Templo. Instituyó no sólo los tiempos, el lugar y las palabras para la participación del coro levítico, sino que “hizo” también los instrumentos musicales que iban a ser usados en ese servicio especial (1 Crónicas 23:5; 2 Crónicas 7:6).

Los dos instrumentos que acompañaban a los coros levíticos eran la lira y el arpa, que eran llamados “instrumentos de música” (2 Crónicas 5:13) o “instrumentos de música para Dios”(1 Crónicas 16:42). Su función era acompañar a los cantos de alabanza y gratitud al Señor (1 Crónicas 23:5; 2 Crónicas 5:13).

Garen Wolf dice: “Los instrumentos de cuerdas eran usados ampliamente para acompañar los cantos, dado que ellos no cubrían la voz o la ‘Palabra de Jehová’ que se estaba cantando”.2

La Biblia habla de baile o danza 28 veces. Cada referencia está relacionada con una celebración social de eventos especiales, como una victoria militar, un festival religioso, o una reunión familiar. Las danzas podían ser procesionales, circulares o estáticas. Eran protagonizadas mayormente por mujeres y niños que bailaban separados.

Las Escrituras no indican que hombres y mujeres bailaran románticamente juntos como las parejas lo hacen hoy. H. M. Wolf señala: “Aunque no se conoce en detalle el estilo de baile, es claro que generalmente los hombres y las mujeres no bailaban juntos, y no hay evidencia real de que lo hayan hecho alguna vez”.3

Los que apelan a las referencias bíblicas relativas al baile para justificar el baile romántico contemporáneo dentro o fuera de la iglesia están ignorando la significativa diferencia existente entre ambos. En otras palabras, aplicar la noción bíblica sobre la danza al baile moderno es, por lo menos, intencionadamente equivocado.


Fuente: Dialogo Universitario Esta respuesta se basa en el capítulo 7 de su libro The Christian and Rock Music (Berrien Springs, Michigan: Biblical Perspectives, 2000).
Autor: Samuele Bacchiocchi (1938-2008), es uno de los mas reconocidos teólogos adventistas, obtuvo su doctorado en Teología de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma... si desea mas información diríjase a la siguiente nota, "Recordando al Dr. Samuele Bacchiocchi".
Notas y referencias: 1. Ver, por ejemplo, Adam Clarke: Clarke´s Commentary (Nashville, Tenn.: Abingdon, s. f.) 3: 688. 2. Garen L. Wolf, Music of the Bible in Christian Perspective, (Salem, Ohio: Schmul Publ. Co., 1996) p.287. 3. H. M. Wolf: “Dancing”, The Zondervan Pictorial Encyclopedia of the Bible, Merril C. Tenney, ed., (Grand Rapids, Mich.: Zondervan, 1976) 2:12.
Fotografía: Baile azul de Fernando Botero

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domingo, 8 de marzo de 2009

Una perspectiva cristiana del sexo. Por Samuele Bacchiocchi

La actitud de la sociedad hacia el sexo ha oscilado de un extremo al otro. “La persona de la época victoriana, escribe Rollo May, buscaba tener amor sin caer en la relación sexual; la persona moderna busca tener la relación sexual sin caer en el amor”.1 Del punto de vista puritano que consideraba el sexo como un mal necesario para la procreación, hemos arribado a la popular visión del playboy sobre el sexo como una cosa necesaria para la recreación.

Ambos extremos son incorrectos y no están de acuerdo con las intenciones de Dios acerca de las funciones del sexo. El punto de vista negativo crea en los casados sentimientos de culpabilidad acerca de sus relaciones sexuales; el punto de vista permisivo convierte a la gente en robots, comprometiéndose con el sexo sin mucho significado y satisfacción.

¿Cómo deberían, pues, relacionarse los cristianos con el sexo? ¿Qué dice la Biblia acerca de la sexualidad? Como un cristiano que confía en las enseñanzas bíblicas, los siguientes siete principios me han resultado muy útiles para entender cómo deberíamos relacionarnos con el sexo.


Principio 1: La Biblia se refiere a la sexualidad humana en forma positiva.

Empecemos por el principio: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).* Después de cada acto creativo, Dios dijo que “era bueno” (Génesis 1:12, 18, 21, 25), pero después de la creación del ser humano como hombre y mujer, Dios dijo que “era bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Esta apreciación divina inicial de la sexualidad humana como “bueno en gran manera” demuestra que las Escrituras consideran la distinción sexual de hombre/mujer como parte de lo bueno y perfecto de la creación original de Dios.

Nota también que la dualidad sexual humana como hombre y mujer está explícitamente relacionada con el hecho de haber sido ambos creados a la imagen de Dios. Como la Escritura distingue al ser humano de otras criaturas, los teólogos generalmente han pensado que la imagen de Dios en la humanidad se refiere a las facultades racionales, morales y espirituales que Dios ha dado al hombre y a la mujer.

Sin embargo, hay otra manera en que podemos entender implícitamente la imagen de Dios, según Génesis 1:27: “A imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó”. Por eso la masculinidad y la feminidad humana, reflejan la imagen de Dios en que un hombre y una mujer tienen la capacidad de experimentar la unidad en el compañerismo como el que existe en la Trinidad. El Dios de la revelación bíblica no es un ser solitario simple que vive en aislamiento eterno sino que es un compañerismo de tres seres unidos íntima y misteriosamente y a quien adoramos como un solo Dios. Esta misteriosa unidad en la relación de la Trinidad es reflejada como una imagen divina en la humanidad, en la dualidad sexual de masculinidad y feminidad, unida misteriosamente como “una carne” en el matrimonio.

Principio 2: La relación sexual es un proceso por el cual dos llegan a ser “una carne”.

En Génesis 2:24 se expresa el compañerismo íntimo entre un hombre y una mujer: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán una sola carne”. La expresión “una sola carne” se refiere a la unidad total de cuerpo, alma y espíritu entre parejas casadas. Esta unión total puede ser experimentada especialmente por medio de la relación sexual cuando el acto es la expresión de un amor genuino, de respeto y de compromiso.

La frase “serán una sola carne”, expresa la idea de Dios con respecto a la relación sexual en el matrimonio. Nos dice que Dios ve el sexo como un medio por el cual un marido y una esposa pueden alcanzar una nueva unidad. Es digno de notar que la expresión “una carne” nunca se emplea para describir la relación entre un niño con su padre y su madre. Un hombre debe “dejar” a su padre y a su madre para llegar a ser “una carne” con su esposa. Su relación con su esposa es diferente de la relación con sus padres, porque consiste de una nueva unidad consumada en la unión sexual.

Llegar a ser “una sola carne”, también implica que el propósito del acto sexual no es solamente el de procreación (para producir 10 hijos) sino también psicológico (llenar las necesidades emocionales de consumar una nueva relación de unidad). Esa unidad implica la voluntad de revelar el más íntimo yo físico, emocional e intelectual al otro. En la medida en que llegue a conocerse en la forma más íntima, la pareja experimenta el significado de llegar a ser una sola carne. La relación sexual no asegura automáticamente esta unidad; más bien consuma la intimidad de una reciprocidad perfecta que ya se desarrolló.

Principio 3: El sexo implica conocerse mutuamente en lo más íntimo.

La relación sexual dentro del matrimonio permite a la pareja a conocerse mutuamente de una manera que no puede serlo de ninguna otra forma. Participar en la relación sexual no solamente significa descubrir el cuerpo de uno sino también el interior de uno frente al otro. Por esta razón las Escrituras a menudo describen la relación sexual como “conocer” (ver Génesis 4:1), que es el mismo verbo empleado en hebreo para referirse a conocer a Dios.

Obviamente Adán llegó a conocer a Eva antes de su relación sexual, pero por medio de la relación sexual llegó a conocerla más íntimamente. Un autor cristiano, Dwight H. Small, muy apropiadamente, comenta: “El revelarse ante el otro mediante la relación sexual invita al descubrimiento de sí mismo en todos los niveles de la existencia personal. Esta es una revelación exclusiva única de los integrantes de una pareja. Ellos se conocen a sí mismos más que a cualquier otra persona. Este conocimiento único es equivalente a reclamar al otro como genuina pertenencia. La desnudez y la relación física es un símbolo del hecho de que nada está oculto o sustraído entre ellos”.2

El proceso que conduce a la relación sexual es de un aumento de conocimiento mutuo. Desde el encuentro inicial, pasando por la amistad especial, el noviazgo, el matrimonio y la relación sexual, la pareja va logrando un conocimiento mayor de cada uno. La relación sexual representa la culminación de ese concimiento recíproco profundo e íntimo. Como lo dice Elizabeth Achtemeier: “Sentimos como si las más ocultas profundidades internas de nuestra existencia fueran traídas a la superficie y reveladas y ofrecidas a cada uno como la expresión más íntima de nuestro amor”.3

Principio 4: La Biblia condena el sexo fuera del matrimonio.

Ya que el sexo representa la más íntima de todas las relaciones interpersonales, el expresar la unidad de “una sola carne” en total compromiso, no puede ser expresada o experimentada en una unión sexual casual donde la interacción es puramente recreativa o comercial. La única experiencia de unión en relaciones tales es la de inmoralidad.

La inmoralidad sexual es seria, porque afecta al individuo más profunda y permanentemente que cualquier otro pecado. Como lo dice Pablo: “Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6:18). Algunos podrían decir que también la glotonería y las borracheras afectan a la persona por dentro. Sin embargo, estos no tienen los mismos efectos permanentes sobre la personalidad como los que produce el pecado sexual.

La indulgencia en el comer o beber puede ser superada, las cosas robadas pueden ser devueltas, uno puede retractarse de las mentiras y reemplazarlas por la verdad, pero el acto sexual, una vez cometido con otra persona, no puede deshacerse. Ha ocurrido un cambio radical en la relación personal de la pareja involucrada que no podrá deshacerse nunca. Esto no significa que el pecado sexual es imperdonable. Las Escrituras nos dan la seguridad por medio del ejemplo y del precepto de que si confesamos nuestros pecados, el Señor es leal y justo para perdonarnos todos nuestros pecados y “limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Cuando David se arrepintió de su doble pecado de adulterio y asesinato, Dios lo perdonó (ver Salmos 51 y 32).

Principio 5: El sexo sin compromiso reduce a una persona al nivel de una cosa.

Las relaciones sexuales fuera del matrimonio no asumen responsabilidad. Las relaciones casuales de este tipo destruyen la integridad de la persona al reducir al nivel de un objeto de gratificación personal. A veces, algunas personas que se sienten heridas y usadas después de una relación sexual, se sustraen definitivamente de toda actividad sexual por temor de ser usadas nuevamente, o tienden a usar su cuerpo egoístamente, sin ninguna consideración por los sentimientos del otro componente de la pareja. En cualquier caso, la sexualidad de uno queda distorsionada porque él o ella han destruido la posibilidad de emplearla para relacionarse genuina e íntimamente con la persona que aman. No debiera usarse la relación sexual con el objeto de meramente divertirse en una ocasión y como forma de expresar amor genuino y compromiso con otro compañero o compañera en otra ocasión. La perspectiva bíblica de unidad, intimidad y amor genuino no puede consumarse practicando el sexo fuera del matrimonio o practicándolo con múltiples compañeros. Las parejas comprometidas probablemente dirán que están compartiendo un amor genuino cuando se activan sexualmente antes del matrimonio. Desde una perspectiva cristiana, una pareja comprometida para casarse debe respetarse mutuamente y mirará el compromiso como un tiempo de preparación para el matrimonio, y no como si fuera ya un matrimonio. Hasta que no se tomen los votos matrimoniales, existirá la posibilidad de romper con la relación. Si una pareja ha tenido relaciones sexuales premaritales, ha comprometido su relación y cualquier disolución subsecuente dejará cicatrices emocionales permanentes. Sólo cuando un hombre y una mujer tienen la voluntad de llegar a ser uno, no sólo verbal sino legalmente, asumiendo también responsabilidad por el compañero, es cuando pueden sellar su relación por medio de la relación sexual. En ningún otro campo la moral cristiana ha sido más atacada que en el vasto ámbito de la sexualidad fuera del matrimonio. Lamentablemente, aunque la condenación bíblica de los actos sexuales ilícitos es muy clara, es ignorada por la introducción y el uso de “términos suaves” o eufemismos. Por ejemplo, muchos se refieren a la fornicación como “sexo premarital”, acentuando el “pre” en vez de acentuar el “marital”. Al adulterio se lo define como “sexo extramarital” y no como un pecado en contra de la ley moral de Dios. Se suaviza la homosexualidad separándola de las serias perversiones mediante expresiones que van de la “desviación” a la “variación homosexual”. Más y más cristianos caen en el engañoso razonamiento de que “si es amor, está bien”. Se reclama que si un hombre y una mujer están profunda y genuinamente enamorados, tienen el derecho de expresar su amor por medio de la unión sexual sin casamiento. Algunos alegan que el sexo premarital libera a la gente de sus inhibiciones morales, dándoles una sensación de libertad emocional. La verdad es que el sexo premarital añade presión emocional, porque reduce el amor sexual a un nivel puramente físico sin el compromiso que tienen dos personas casadas.

Principio 6: El sexo sirve tanto para la procreación como para la relación.

Hasta principios de nuestro siglo, los cristianos generalmente creían que la función primaria de la relación sexual era el de la procreación. Otras consideraciones concernientes a la unidad de la pareja, la relación y el placer, eran consideradas secundarias. Pero ese orden fue invertido en el transcurso del siglo XX. Desde un punto de vista bíblico, la actividad sexual dentro del matrimonio tiene que ver no sólo con la reproducción sino también con la relación personal. Como cristianos, debemos recuperar y mantener el equilibrio bíblico entre estas dos funciones del sexo. La relación sexual es un acto placentero de perfecto intercambio que engendra un sentido de unión, al mismo tiempo que ofrece la posibilidad de traer una nueva vida a este mundo. Debemos reconocer que el sexo es una dádiva divina que puede ser disfrutada legítimamente dentro de los vínculos matrimoniales. Pablo urge a los esposos y a las esposas a consumar sus responsabilidades matrimoniales juntos, porque sus cuerpos no les pertenecen a ellos solamente, sino al otro. Por esa razón, ninguno debe privar al otro de esta relación, a excepción de que haya mutuo consentimiento por un determinado período de tiempo, para dedicarse a la oración. Entonces deben llegarse de nuevo el uno al otro, para no ser tentados por Satanás, por falta de control propio (1 Corintios 7:2-5; ver también Hebreos 13:4).

Principio 7: El sexo capacita al hombre y a la mujer a reflejar la imagen de Dios en una actividad creativa.

De acuerdo con la enseñanza bíblica, el sexo no solamente engendra una misteriosa unidad del espíritu, sino que también ofrece la posibilidad de traer hijos a este mundo. “Fructificad y multiplicaos”, dice el mandamiento del Génesis (Génesis 1:28). Por supuesto, no todas las parejas tienen la capacidad o la justificación de tener hijos. La vejez, la infertilidad y las enfermedades genéticas son algunos de los factores que tornan imposible, o no aconsejable, que se tenga hijos. Sin embargo, para la gran mayoría de las parejas, el tener hijos es parte normal de su vida matrimonial. Esto no significa que todo acto de unión sexual debería terminar en una concepción. David Phypers escribe que “no estamos hechos para separar el sexo de la procreación y aquellos que lo hacen en forma radical y definitiva, meramente por razones personales, se quedan cortos con respecto a los propósitos de Dios en sus vidas y corren el peligro de que sus matrimonios y su actividad sexual se conviertan en autogratificantes. Solamente mirarán hacia adentro para su satisfacción propia, en vez de mirar hacia afuera, hacia la experiencia creativa de traer una nueva vida al mundo y nutrirla hasta la madurez”.4

La procreación como parte de la sexualidad humana levanta una gran controversia sobre la contracepción. ¿Significa acaso el mandamiento de fructificar y multiplicarnos, que debemos dejar el asunto de la planificación familiar a la misericordia de Dios? La Biblia no contiene ninguna experiencia explícita sobre el asunto. Creo que la relación sexual es tanto relacional como procreacional. El hecho de que la función del sexo en el matrimonio no es solamente para producir hijos, sino también para expresar y experimentar el amor mutuo y la dedicación, implica la necesidad de ciertas limitaciones sobre la función reproductiva del sexo. Es decir, la función relacional del sexo, puede solamente permanecer como una experiencia dinámica viable, si su función reproductora es controlada. Esto nos lleva a otra pregunta: ¿Tenemos derecho de interferir con el ciclo reproductivo establecido por Dios? La respuesta histórica de la Iglesia Católica ha sido un rotundo “¡NO!” Sin embargo, la posición católica tradicional ha sido templada por el Papa Pablo VI en su encíclica Humanae Vitae (Julio 29, 1968), en la cual reconoce la moralidad de la unión sexual entre marido y mujer, inclusive en la no dirigida hacia la procreación de hijos.5 Es más, la encíclica, al mismo tiempo que condena los contraceptivos artificiales, permite los métodos naturales de control de la natalidad como el conocido “método del ritmo”, el cual consiste en confinar la relación sexual a los períodos no fértiles del ciclo menstrual de la esposa. La intención de la encíclica Humanae Vitae de distinguir entre los contraceptivos “artificiales” y “naturales”, considerando el primero inmoral y el último moral sugiere en sí mismo un sentido artificial. En cualquier caso, es la inteligencia humana la que previene la fertilización del huevo. Es más, rechazar como inmoral el uso de contraceptivos artificiales, puede conducir al rechazo como conducta inmoral, del uso de cualquier vacuna artificial, hormona, o medicación que no es producida naturalmente por el cuerpo humano. David Phypers escribe: “Como la mayoría de las invenciones humanas, la contracepción es moralmente neutral: lo que cuenta es lo que hacemos con ella. Si la usamos para practicar el sexo fuera del matrimonio, o en forma egoísta dentro del matrimonio, o si por medio de ella invadimos la vida privada de otros matrimonios, podríamos efectivamente estar desobedeciendo la voluntad de Dios y distorsionar la relación matrimonial. Sin embargo, si la empleamos con el propio respeto por la salud y el bienestar de nuestro cónyuge y nuestras familias, entonces puede elevar y fortalecer nuestros matrimonios. Por medio de los contraceptivos podemos proteger nuestro matrimonio de las tensiones físicas, emocionales, económicas y psicológicas que pueden producirse por embarazos frecuentes, y al mismo tiempo podemos usar el acto del matrimonio en forma reverente y amorosa, como fue la intención original, para una unión permanente”.6

Conclusión

La sexualidad humana es parte de la hermosa creación de Dios. No hay nada pecaminoso en ella. Sin embargo, como todas las buenas dádivas de Dios para los seres humanos, la relación sexual ha llegado a formar parte del perverso plan de Satanás para alejar a la humanidad de las intenciones de Dios. En la relación del hombre y la mujer que se acercan para llegar a ser “una sola carne”, la función del sexo es unificadora y procreadora. Cuando se viola esa relación, cuando el sexo ocurre fuera de la relación matrimonial, sea premarital o extramarital, violamos el séptimo mandamiento. Eso es pecado, un pecado en contra de Dios, en contra de la otra parte y en contra del cuerpo de uno mismo. Pero la Biblia no nos deja sin esperanza. Nos presenta la gracia de Dios y el poder para reponernos de todo pecado que nos acosa, inclusive el sexual. A pesar de que el pecado sexual deja una cicatriz en la conciencia, y le produce dolor a la otra persona, el verdadero arrepentimiento puede abrir la puerta al perdón de Dios. No hay pecado, por grande que sea, que la gracia de Dios no pueda sanar y restaurar. Todo lo que tenemos que hacer es asirnos de esa gracia, porque ella nos capacita a utilizar el potencial que Dios ha puesto en nosotros. Lo cual se aplica también al sexo. En una época permisiva en la cual prevalecen la promiscuidad sexual y la licencia, es imperativo que reafirmemos como cristianos nuestro cometido al punto de vista bíblico respecto al sexo como una dádiva divina para ser gozada solamente dentro del matrimonio.

Fuente: Dialogo Universitario
Autor: Samuele Bacchiocchi, fue uno de los mas reconocidos teólogos adventistas, obtuvo su doctorado en Teología de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma... si desea mas información diríjase a la siguiente nota, "Recordando al Dr. Samuele Bacchiocchi".
Notas y referencias: 1. Rollo May, “Reflecting on the New Puritanism”, en Sex Thoughts for Contemporary Christians, ed. Michael J. Taylor, S.J. (Garden City, New York: Doubleday, 1972), p. 171. 2. Dwight H. Small, Christian: Celebrate Your Sexuality (Old Tappan, N. J.: Revell, 1974), p. 186. 3. Elizabeth Achtemeier, The Committed Marriage (Philadelphia: Westminster, 1976), p. 162. 4. David Phypers, Christian Marriage in Crisis (Bromley: Marc Europe, 1985), p. 38. 5. Humanae Vitae, paragraph 11. 6. Phypers, p. 44.

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miércoles, 25 de febrero de 2009

De atrás adelante... mi vida devocional era aburrida y frustrante, hasta... Por Gina Wahlen

No es fácil hallar un buen plan devocional. Cada año se publican excelentes libros sobre el tema. Sin embargo, por alguna razón siempre me resultó difícil tener una sólida vida devocional, por más relatos inspiradores y pensamientos profundos que leyera.

Un día, decidí probar algo nuevo; después de todo, como profesora de investigación, siempre insto a mis estudiantes a que vayan a las fuentes. Entonces, ¿por qué no probar esto también en mi vida espiritual?

Mi propio camino

Cada año se venden o regalan millones de Biblias en todo el mundo, pero parece ser “el libro que todos quieren pero pocos leen”.* Lamentablemente yo estoy incluida en esa categoría. Siempre quise leer toda la Biblia pero por alguna razón, jamás pude completar el año bíblico.

Un día (en parte como resultado de la desesperación al reconocer que era una adventista de nacimiento que ya estaba en los cuarenta años y jamás había leído toda la Biblia), se me ocurrió un plan extraño que funcionó. ¿Por qué no leer la Biblia de atrás para adelante? Después de todo, muchas veces hago eso con las revistas, el periódico o los libros (sí, leo los últimos capítulos antes de comenzar por el principio). ¿Por qué no utilizar ese extraño ardid para mejorar mi vida devocional?

Como me atrae más el Antiguo Testamento (hay más relatos), decidí probar una versión modificada de mi plan: comenzaría con Malaquías y terminaría en Génesis. Después, saltaría al Apocalipsis y terminaría en Mateo. Hice una excepción con los libros en secuencia (1 y 2 Reyes, y 1, 2 y 3 de Juan, donde mantuve el orden acostumbrado).

¡Funcionó!

El plan hizo maravillas en mi vida devocional. En primer lugar, me quitó la compulsión de tener que leer un cierto número de capítulos por día para cumplir el cronograma. Al sacarme esa presión de encima, logré dedicar tiempo concienzudamente a la Palabra de Dios, escuchando y absorbiendo realmente lo que Dios quería transmitirme para ese día.

Asimismo, este plan mejoró mi vida de oración, porque descubrí que tenía mucho más para hablar con Dios, en lugar de limitarme a una lista de agradecimientos y pedidos.

Comencé también a ser mucho más interactiva con la Biblia. Me dediqué a escribir comentarios o preguntas en los márgenes, y aun fechas en las que recurrí a un versículo en particular o en las que se cumplió una determinada promesa. La Biblia llegó a ser una realidad viviente, y cada día aguardaba con ansias los momentos devocionales. Al continuar la lectura, los márgenes comenzaron a llenarse de otras referencias, porque lo que leía me recordaba cosas que ya había leído.

Aunque no tenía un cronograma diario definido, por lo general solía leer un capítulo por día. La regla principal era esta: Antes de terminar mis momentos devocionales, resumía mentalmente lo que había leído, meditaba en ello y buscaba “la gema del día” (algún pensamiento especial de la porción estudiada que me ayudara en ese día).

Gemas y revelaciones

Fue asombroso cuántas gemas fueron apareciendo aun en los lugares menos probables de la Biblia tales como Zacarías 11:15, 16. Allí, se describe al “pastor insensato” como alguien que “no visitará a las perdidas, ni buscará la pequeña, ni curará la perniquebrada, ni llevará la cansada a cuestas, sino que comerá la carne de la gorda y romperá sus pezuñas”

Al pensar en ese versículo, recordé que Jesús se describe a sí mismo como “el Buen Pastor”. Como se da una descripción tan vívida del “pastor insensato”, imaginé que los atributos del buen pastor serían totalmente opuestos a éstos. Al mirar las cosas de esta manera, pude descubrir una bella descripción de algunos de los atributos del Buen Pastor: visita a las perdidas, busca a las pequeñas, cura a la perniquebrada y lleva a cuestas a la cansada.

No estoy segura de que este método sería aprobado por la hermenéutica, pero sé que recibí numerosas bendiciones al dedicar tiempo a reflexionar en lo que había leído y al procurar entonces llevar conmigo ese pensamiento como un tesoro especial para toda la jornada.

Este plan seguramente no funcionará para todos. Pero lo importante es hallar un método que resulte, algo que renueve su vida devocional; algo que lo acerque a Dios y su Palabra, que le dé fuerza para enfrentar cada día.

Jamás deberíamos tener temor de buscar nuevas maneras de hallar al Señor.
“Esforcémonos por conocer a Jehová: cierta como el alba es su salida. Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana viene a la tierra” (Oseas 6:3).

Fuente: Adventist World
Autor:
* David Gibson, “Bible Illiteracy Rampant in America,” Religion News Service, 12/01/00.

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miércoles, 11 de febrero de 2009

Tres hombres se encuentran con Jesús. Por Mark A. Finley

Tres hombres se encuentran con Jesús. El primero lo encuentra en su senda hacia el Calvario, el segundo, cuando pende de la cruz y el último, al pie de la misma.

Tres hombres se encuentran con Jesús. Tres hombres que proceden de contextos diferentes: un agricultor africano, un ladrón y un centurión romano.

Tres hombres se encuentran con Jesús. Simón, compelido por los soldados; el ladrón, crucificado a su lado y el insensible centurión romano.

Tres hombres se encuentran con Jesús. Sus circunstancias son diferentes a las nuestras, pero las lecciones que nos enseñan sus vidas son siempre nuevas y vigorosas y relucen como el rocío de la mañana. Su historia se convierte en la nuestra y al seguir tras sus huellas, emprendemos el camino rumbo al Gólgota. Observamos que, después de todo, sus vidas no son muy diferentes de las nuestras: sus dolores, sus aflicciones y sus anhelos son también los nuestros. Sus deseos son nuestros propios deseos. Se encontraron con él en ese entonces y allá, y nosotros podemos encontrarlo aquí y ahora.

Aunque nuestra vida se desarrolle lejos de aquel lugar y aunque hayan transcurrido casi 2.000 años desde entonces, estas historias bíblicas continúan siendo nuevas y vigorizantes. Son poderosas, dinámicas. Hablan a nuestro corazón.

Simón, compelido por los soldados

“Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón: a éste obligaron a que llevase la cruz” (Mateo 27:32). ¿Quién era este Simón? Marcos nos proporciona una pista: “Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz” (Marcos 15:21). Inferimos, entonces, que Simón era un hombre casado y tenía dos hijos. Marcos menciona sus nombres porque seguramente Alejandro y Rufo deben de haber sido conocidos dentro de la comunidad cristiana en el tiempo cuando escribió su Evangelio. Elena White provee más datos: “Simón había oído hablar de Jesús. Sus hijos creían en el Salvador, pero él no era discípulo” (El Deseado de todas las gentes. p. 691).

Podemos imaginar que Alejandro y Rufo, judíos que vivían en Jerusalén, habían oído que Cristo había alimentado milagrosamente a los 5.000. Habían oído que Jesús daba vista a los ciegos y hacía oír a los sordos. Sabían del perdón ofrecido a la mujer adúltera y escucharon otras historias de ese perdón ofrecido. Se asombraban al ver la transformación producida en los endemoniados por el poder de Cristo y se convirtieron en seguidores de Jesús. Estuvieron presentes en el Sermón del Monte y le acompañaron por las atestadas calles de Jerusalén. Y comenzaron a contarle a su padre. “Papá, creo que lo hemos encontrado”, le escribió Alejandro. Y Rufo: “Papá: Sin duda, él es el Mesías prometido. El que sana a los enfermos y resucita a los muertos. El que camina sobre las aguas. Papá: creo firmemente que él es el Mesías”.

Llegan las cartas a Cirene, un pueblecito de Libia, en el norte de África. Y Simón se preocupa por sus hijos. “¿No será que mis hijos están siguiendo a algún fanático extremista? ¿Se habrán adherido a algún culto sectario? ¿Habrán elegido un camino de muerte? Parece que han abandonado la fe de nuestros padres y la ortodoxia judía. ¡Más vale que haga un viaje a Jerusalén y los ponga en línea!” Y, en medio de esa confusión de ideas, lleno de curiosidad y dudas, Simón emprende viaje a Jerusalén.

Las calles de Jerusalén están llenas de adoradores. Es la estación de la Pascua. Toda Jerusalén está alborotada con la inminente crucifixión de un hombre que ha sido juzgado: un supuesto Mesías que ha sido condenado a muerte. Al doblar una esquina en una transitada calle de la ciudad, Simón se encuentra de pronto frente a frente con Cristo, abrumado bajo el peso opresor de la cruz. Y la mirada de Jesús se encuentra por un instante con la de Simón. El corazón de Simón se conmueve y se llena de ternura y amor. Y un rudo soldado romano dice, señalando a Simón: “Si le tienes tanta compasión, llévale su cruz. Cárgala sobre tus hombros”.

Las Escrituras dicen que Simón no cargó la cruz por su propia elección. Ese peso abrumador y angustioso de la cruz le fue impuesto sobre sus hombros.

Encorvándose, levantó la cruz y se tambaleó bajo su peso al ascender juntos el monte llamado Calvario. Me imagino que las astillas de la cruz hirieron en carne viva sus hombros. Puedo ver su espalda encorvada, oír su respiración jadeante e imaginar las gruesas gotas de sudor brotando de su frente. Escucho sus gemidos y roncos quejidos de agonía. Observo sus rodillas que flaquean y lo veo tropezar. Noto entonces que Jesús le sonríe y Simón queda fortalecido para llevar la cruz del Salvador. Simón se encuentra con Jesús ese día, al llevar la carga más pesada de su vida. Pero esa carga se transforma en una bendición, en un puente para encontrarse con Dios.

¿Llevas tú una carga pesada sobre tus hombros? ¿Hay cosas en tu hogar o en tu trabajo que no están marchando bien? ¿Hay una carga que te hiere los hombros desnudos? ¿Llevas acaso la carga de un itinerario de trabajo que te mantiene constantemente cansado? ¿Llevas sobre tus hombros la carga de un problema de salud? ¿Son muy pesados tus estudios y un desafío para tu fe? ¿Encuentras difícil observar el sábado al ir en pos de tus objetivos? ¿Te sientes desanimado o solitario? ¿Te sientes obligado a llevar una cruz? Llévala con dignidad, como lo hizo Simón. Tómalo como una oportunidad, porque las cruces que la vida impone sobre nuestros hombros se convierten en bendición si Jesús está cerca de nosotros. Nuestras heridas se vuelven sus heridas. Nuestras tribulaciones se convierten en triunfos, porque es en los dolores de esta vida donde nos encontramos con él.

Aun cuando Simón llevaba su cruz, había Alguien caminando a su lado. Había Alguien sonriéndole para animarlo durante la jornada. Cuando Simón dejó finalmente su carga en el Calvario, Jesús la llevó solo. Por lo tanto, puedes simplemente depositar tu carga en Aquel que la llevó entonces y que continúa llevándola ahora.

El ladrón crucificado a su lado

El ladrón se encuentra con él. La cruz de Jesús fue colocada entre dos ladrones. Los dos ladrones representan a toda la humanidad y toda la humanidad debe hacer una elección con respecto a este Cristo. Uno de los ladrones dice: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lucas 23:39). Un ladrón piensa sólo en sí mismo y en el momento presente. El otro ladrón piensa en la eternidad. Mientras uno de los ladrones se burla de Jesús, el otro dirige su mirada hacia él y le dice: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42).

¿Quién era ese ladrón? Obviamente no era romano. Si hubiera sido un ciudadano romano no habría sido crucificado. Ese ladrón debe haber sido judío. De hecho, Elena White, en el libro El Deseado de todas las gentes, nos proporciona algunos datos interesantes sobre este personaje. Probablemente era un seguidor de Barrabás, el falso mesías que intentó derrocar al gobierno romano en Palestina. Me imagino que este ladrón se crió en un hogar judío que respetaba la noche del viernes y observaba el sábado bíblico. Posiblemente de joven asistió a una escuela rabínica. Su dieta era por demás ortodoxa; absolutamente exenta de cerdo. Esperaba también la venida del Mesías. El problema principal de este ladrón era su descuido espiritual. El haber crecido en un ambiente religioso no tenía para él gran significado. Un compromiso se sucedía al otro. El descuido lo comprometía con el pecado, del que se derivaba la culpa y la vergüenza. Ese ladrón pendiendo de la cruz representa para mí el descuido y la indiferencia espirituales.

Puedo identificarme con ese ladrón. Charles Swindoll, en su libro Intimacy with God, narra el siguiente caso: Estaba él a punto de predicarle a un grupo de pastores y uno de ellos le dio una palmada en el hombro, diciéndole: “Amigo. Necesito hablar contigo después de la reunión”. Así que se reunió con este pastor y esto fue lo que él confesó: “Nadie de quienes me conocen lo sabe, pero estoy operando ya sin combustible, solamente con el humo. Me siento solo, vacío y esclavizado a un programa de vida cuya tensión no disminuye”.

La necesidad actual más desesperada, tanto en la iglesia como en el mundo en general, no es la de una gran cantidad de personas inteligentes o llenas de talentos, sino de personas espirituales. El descuido espiritual conduce a ciertos compromisos sutiles de carácter y eventualmente a la deshonra y la culpa. Pero, no pierdas la esperanza; aun dentro de ese descuido espiritual, avergonzado por esos compromisos internos, el ladrón encontró gracia y perdón y la seguridad de la vida eterna en Cristo. De la misma manera, arrójate al pie de la cruz, contémplate a ti mismo renovado y escucha la tierna voz de Jesús dándote perdón, nuevo poder y nueva esperanza.

El encallecido centurión romano

De pie ante la cruz, un centurión romano se encontró con Jesús. ¿Quién era este soldado romano? Puedo imaginarme la orden oficial que llegó a su despacho esa mañana: “Ejecute a este hombre de la manera usual. Pero asegúrese de que no haya ningún disturbio hoy en las calles de Jerusalén. Por lo tanto, ya sea que requiera 200 ó 500 soldados, sepa que están a su disposición. ¡Deshágase de él!” Era parte de su tarea del día. Y mientras el Hijo de Dios moría por el mundo, un encallecido centurión permanecía enhiesto al pie de la cruz. La insensibilidad hacia las cosas divinas es uno de los más grandes pecados.

Todos nosotros corremos el riesgo de que al tratar con las cosas divinas, el hábito se vuelva una rutina tal que perdamos la emoción y la energía espirituales. Es posible comportarse en forma rutinaria, insensible y ordinaria al pie mismo de la cruz; ser indiferentes como el centurión romano que observaba fríamente al Hombre crucificado. Es posible cantar con los labios himnos cristianos durante el servicio de adoración y dejar vagar la imaginación pensando en los negocios, los estudios, o el almuerzo que se aproxima. Es posible leer la Biblia medio adormecidos justamente antes de quedarnos dormidos. Es posible ser insensibles e indiferentes y permitir que la rutina eclipse lo sublime.

Pero al escuchar el centurión el diálogo entre Cristo y el ladrón por encima de los gritos y denuestos de los enemigos del Salvador, al escuchar su oración agonizante y al observar la densa oscuridad que cubrió repentinamente el Calvario, experimenta algo misterioso, algo maravilloso. Nos dice Marcos: “Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).

Al colocarme al pie de la cruz junto a Simón, recibo de Jesús fortaleza para llevar mi carga. Al contemplar al ladrón muriendo perdonado, desaparecen mi culpa y mi vergüenza. Al estar de pie junto al centurión, tengo una nueva visión de Jesús. Al romper Jesús la rutina percibo en mi vida su toque divino y recobro la energía espiritual. El cristianismo es algo más que una rutina. Es algo más que simplemente la circunstancia diaria. Es conocer a Jesús. Es el quebrantamiento de mi propio corazón junto al suyo. Es amarlo con vehemencia.

Fuente: Universitario Adventista
Autor: Mark Finley es el orador/director emérito de la popular transmisión "Escrito está", y en el presente supervisa los esfuerzos de evangelismo global de la Iglesia Adventista mundial como

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martes, 27 de enero de 2009

Gremios y monopolios. Por Elena G. de White.

Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. (Sant. 5: 7).

Los gremios serán uno de los instrumentos que traerán sobre esta tierra un tiempo de angustia como nunca ha habido desde que el mundo fue creado.

La obra del pueblo de Dios consiste en prepararse para los acontecimientos del futuro, los que pronto lo sobrecogerán con fuerza abrumadora. En el mundo se formarán monopolios gigantescos. Los hombres se asociarán en gremios que los encerrará en el redil del enemigo. Unos pocos hombres se unirán para apoderarse de todos los medios que puedan obtenerse en ciertos tipo de negocios. Se formarán gremios de obreros y los que rehuse unirse a ellos serán hombres marcados...

Estos gremios constituyen una de las señales de los último días. Los hombres están siendo unidos en atados listos para se quemados. Puede ser que sean miembros de la iglesia, pero mientras pertenezcan a esas asociaciones, no pueden guardar los mandamientos de Dios, porque el pertenecer a ellas implica despreciar todo el Decálogo.

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. . . y. . . a tu prójimo como a ti mismo" (Mar. 12: 30, 31). . . ¿Cómo pueden los hombres obedecer estas palabras, y formar combinación que privan a las clases más pobres de las ventajas que les pertenecen con justicia, y les impiden comprar o vender, a no ser bajo ciertas condiciones?

Los que pretenden ser hijos de Dios en ningún caso debería unirse a los gremios que ya están formados o que se van a formar. El Señor lo prohíbe. ¿No pueden ver los que estudian la profecías lo que hay delante de nosotros?

Pronto habrá que hacer frente a graves crisis, y queremos estar escondidos en la hendidura de la roca para que podamos ver a Jesús y ser vivificados por su Santo Espíritu. No tenemos tiempo que perder ni siquiera un instante.

Fuente: ¡Maranata: el el Señor Viene! p.181.
Autor: Elena G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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martes, 13 de enero de 2009

La senda de la vida. Por Elena G. de White.

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. (Mat. 7: 13, 14).

Cristo nos invita a entrar en la senda angosta, donde cada paso significa abnegación. Nos invita a estar de pie sobre la plataforma de la verdad eterna y luchar tesoneramente por la fe dada una vez a los santos...

Al acercarnos al tiempo cuando los principados, las potestades y las huestes espirituales de maldad que se encuentran en las regiones celestiales sean lanzados de lleno en su lucha contra la verdad, cuando el poder engañoso de Satanás sea tan grande que trate de seducir, si fuere posible, a los mismos elegidos, nuestro entendimiento debe ser aguzado mediante la iluminación divina a fin de que los artificios de Satanás no nos resulten desconocidos. Todo el tesoro del cielo está a nuestra disposición para que preparemos el camino del Señor. Al darnos la cooperación de los santos ángeles, Dios ha hecho posible que nuestra obra sea un éxito maravilloso y glorioso. Pero rara vez el éxito será el resultado del esfuerzo esporádico. Se requiere la influencia conjunta de todos los miembros de la iglesia.

La iglesia necesita hoy hombres que, como Enoc, caminen con Dios, y revelen a Cristo al mundo. Los miembros de iglesia necesitan alcanzar una norma más elevada. Los mensajeros celestiales están esperando para comunicarse con los que han anulado el yo, cuyas vidas son un cumplimiento de las palabras: "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál. 2: 20). De tales hombres y mujeres debe estar compuesta la iglesia antes que su luz pueda alumbrar al mundo con rayos claros y nítidos. Nuestro concepto del Sol de justicia está oscurecido por el egoísmo. Cristo es crucificado de nuevo por muchos que por su complacencia propia permiten que Satanás los domine...

Es el propósito de Dios que todos sean probados para ver si son leales o desleales a las leyes que gobiernan el reino de los cielos. Hasta el fin Dios le permite a Satanás manifestarse como mentiroso, acusador y homicida. De esa manera el triunfo final de su pueblo llega a ser más señalado, más glorioso.

Fuente: ¡Maranata: el el Señor Viene! p.109.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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viernes, 9 de enero de 2009

Vivir para salvar a otros. Por E.G. de White

Si alguno quiere venir en pon de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. (Luc. 9: 23).

El pecado más difundido que nos separa de Dios y provoca tantos trastornos espirituales contagiosos, es el egoísmo. No se puede volver al Señor excepto mediante la abnegación. Por nosotros mismos no podemos hacer nada; pero si Dios nos fortalece, podemos vivir para hacer bien a otros, y de esta manera rehuir el mal del egoísmo. No necesitamos ir a tierras paganas para manifestar nuestros deseos de consagrarlo todo a Dios en una vida útil y abnegada.

Debemos hacer esto en el círculo del hogar, en la iglesia, entre aquellos con quienes tratamos y con aquellos con quienes hacemos negocios. En las mismas vocaciones comunes de la vida es donde se ha de negar al yo y mantenerlo en sujeción.

Pablo podía decir: "Cada día muero" (1 Cor. 15: 31). Es esa muerte diaria del yo en las pequeñas transacciones de la vida lo que nos hace vencedores. Debemos olvidar el yo por el deseo de hacer bien a otros. A muchos les falta decididamente amor por los demás. En vez de cumplir fielmente su deber, procuran más bien su propio placer.

Dios impone positivamente a todos los que le siguen el deber de beneficiar a otros con su influencia y recursos, y de procurar de él la sabiduría que los habilitará para hacer todo lo que esté en su poder para elevar los pensamientos y los afectos de aquellos sobre quienes pueden ejercer su influencia. Al obrar por los demás, se experimentará una dulce satisfacción, una paz íntima que será suficiente recompensa. Cuando estén movidos por un elevado y noble deseo de hacer bien a otros, hallarán verdadera felicidad en el cumplimiento de los múltiples deberes de la vida. Esto les proporcionará algo más que una recompensa terrenal; porque todo cumplimiento fiel y abnegado del deber es notado por los ángeles, y resplandece en el registro de la vida.

En el cielo nadie pensará en sí mismo, ni buscará su propio placer; sino que todos, por amor puro y genuino, procurarán la felicidad de los seres celestiales que los rodeen. Si deseamos disfrutar de la sociedad celestial en la tierra renovada, debemos ser gobernados aquí por los principios celestiales.

La mayor obra que puede hacerse en nuestro mundo consiste en glorificar a Dios viviendo el carácter de Cristo.

Fuente: ¡Maranata: el el Señor Viene! p.106.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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viernes, 2 de enero de 2009

El Culto de Familia. Por E.G. de White

Si hubo tiempo en el que cada casa debiera ser una casa de oración, es ahora. Predomina la incredulidad y el escepticismo. Abunda la inmoralidad. La corrupción penetra hasta el fondo de las almas y la rebelión contra Dios se manifiesta en la vida de los hombres. Cautivas del pecado, las fuerzas morales quedan sometidas a la tiranía de Satanás. Juguete de sus tentaciones, el hombre va donde lo lleva el jefe de la rebelión, a menos que un brazo poderoso lo socorra.

Sin embargo, en esta época tan peligrosa, algunos de los que se llaman cristianos no celebran el culto de familia. No honran a Dios en su casa, ni enseñan a sus hijos a amarlo y temerlo. Muchos se han alejado a tal punto de Dios que se sienten condenados cuando se presentan delante de él. No pueden allegarse "confiadamente al trono de la gracia," "levantando manos limpias, sin ira ni contienda." (Heb. 4: 16; 1 Tim. 2: 8.) No están en comunión viva con Dios. Su piedad no es más que una forma sin fuerza.

La idea de que la oración no es esencial es una de las astucias de las que con mayor éxito se vale Satanás para destruir a las almas. La oración es una comunión con Dios, la fuente de la sabiduría, fuerza, dicha y paz. Jesús oró a su Padre "con gran clamor y lágrimas." (Heb. 5: 7.) Pablo exhortó a los creyentes a "orar sin cesar" (1 Tes. 5: 17), y a hacer conocer sus necesidades por "peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias." (Fil. 4: 6.) Santiago dice: "Rogad los unos por los otros, . . . la oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho." (Sant. 5: 16.)

Mediante oraciones sinceras y fervientes, los padres deberían alzar como una valla alrededor de sus hijos. Deberían orar con fe implícita para que Dios habite en ellos y que los santos ángeles los preserven, a ellos y a sus hijos, de la potencia cruel de Satanás.

En cada familia debería haber una hora fija para el culto matutino y vespertino. ¿No conviene a los padres reunir en derredor suyo a sus hijos antes del desayuno para agradecer al Padre Celestial por su protección durante la noche, y para pedirle su ayuda y cuidado durante el día? ¿No es propio también, cuando llegue el anochecer, que los padres y los hijos se reúnan una vez más delante de Dios para agradecerle las bendiciones recibidas durante el día que termina?

El padre, o en su ausencia la madre, debe presidir el culto y elegir un pasaje interesante de las Escrituras que pueda comprenderse con facilidad. El culto debe ser corto. Cuando se lee un capítulo largo y se hace una oración larga, se torna fatigoso y se siente alivio cuando termina. Dios queda deshonrado cuando el culto se vuelve árido y fastidioso, cuando carece tanto de interés que los hijos lo temen.

Padres y madres, cuidad de que el momento dedicado al culto de familia sea en extremo interesante. No hay razón alguna porque no sea éste el momento más agradable del día. Con un poco de preparación podréis hacerlo interesante y provechoso. De vez en cuando, introducid algún cambio. Se pueden hacer preguntas con referencia al texto leído, y hacer algunas observaciones fervorosas y oportunas. Se puede cantar un himno de alabanza. La oración debe ser corta y precisa. El que ora debe hacerlo con palabras sencillas, fervientes; debe alabar a Dios por su bondad y pedirle su ayuda. Si las circunstancias lo permiten, dejad a los niños tomar parte en la lectura y la oración.

La eternidad sola pondrá en evidencia el bien verificado por esos cultos de familia.

La vida de Abrahán, el amigo de Dios, fue una vida de oración. Dondequiera que levantase su tienda, construía un altar sobre el cual ofrecía sacrificios mañana y noche. Cuando él se iba, el altar permanecía. Y al pasar cerca de dicho altar el nómada cananeo, sabía quién había posado allí. Después de haber levantado también su tienda, reparaba el altar y adoraba al Dios vivo.

Así es cómo el hogar cristiano debe ser, una luz en el mundo. De él, mañana y noche, la oración debe elevarse hacia Dios como el humo del incienso. En recompensa, la misericordia y las bendiciones divinas descenderán como el rocío matutino sobre los que las imploran.

Padres y madres, cada mañana y cada noche, juntad vuestros hijas alrededor vuestro, y elevad vuestros corazones a Dios por humildes súplicas. Vuestros amados están expuestos a la tentación. Hay dificultades cotidianas sembradas en el camino de los jóvenes y de sus mayores. Los que quieran vivir con paciencia, amor y gozo deben orar. Será únicamente obteniendo la ayuda constante de Dios cómo podremos obtener la victoria sobre nosotros mismos.

Cada mañana consagraos a Dios con vuestros hijos. No contéis con los meses ni los años; no os pertenecen. Sólo el día presente es vuestro. Durante sus horas, trabajad por el Maestro, como si fuese vuestro último día en la tierra. Presentad todos vuestros planes a Dios, a fin de que él os ayude a ejecutarlos o abandonarlos según lo indique su Providencia. Haced los planes de Dios en lugar de los vuestros, aun cuando esta aceptación exija que renunciéis a proyectos por largo tiempo acariciados. Así, vuestra vida será siempre más y más amoldada conforme al ejemplo divino, y "la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús." (Fil. 4: 7.)

Fuente: Testimonios Selectos. T5 p.18-20.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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jueves, 1 de enero de 2009

Un tiempo de decisión. Por Elena G. de White.

Escogeos hoy a quién sirváis. (Jos. 24: 15).

Hoy el mundo está loco: Una demencia se ha apoderado de hombres y mujeres, y los está precipitando hacia la ruina eterna. Prevalece toda clase de complacencia, y los hombres se han infatuado tanto con el vicio que no escuchan llamados ni amonestaciones.

El Señor dice a los habitantes de la tierra: "Escogeos hoy a quién sirváis". Todos están decidiendo ahora su destino eterno. Los hombres necesitan que se les haga comprender la solemnidad de la hora, la cercanía del día cuando terminará el tiempo de prueba. Dios no le da a nadie el mensaje de que pasarán cinco, diez o veinte años antes que termine la historia de esta tierra. No quiere dar excusa a ningún ser viviente para demorar la preparación para su advenimiento. No quiere que nadie diga, como el siervo infiel: "Mi Señor tarda en venir", pues esto conduce al temerario descuido de las oportunidades y los privilegios que se nos dan a fin de que nos preparemos para ese gran día. Todo aquel que pretende ser siervo de Dios, está llamado a prestar servicio como si cada día fuera el último...

Hablad de la pronta aparición del Hijo del hombre en las nubes del cielo con poder y gran gloria. No posterguéis aquel día...

Esta es la gran preocupación que cada cual debe sentir. ¿Están perdonados mis pecados? ¿Ha quitado mi culpa Cristo, el Portador del pecado? ¿Tengo yo un corazón limpio, purificado por la justicia de Cristo? ¡Ay del alma que no esté buscando refugio en Cristo! ¡Ay de los que de alguna manera apartan la mente de la obra e inducen a alguna alma a ser menos vigilante ahora...

La gran obra de la cual no debiéramos desviar nuestra mente consiste en averiguar cuál es nuestra situación personal frente a Dios. ¿Están asentados nuestros pies sobre la Roca de los siglos? ¿Nos estamos escondiendo en el único Refugio? La tormenta se avecina con furia implacable. ¿Estamos preparados para hacerle frente? ¿Somos uno con Cristo así como él es uno con el Padre? ¿Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo?...

El carácter de Cristo debe ser el nuestro. Debemos ser transformados por la renovación de nuestro corazón. En esto consiste nuestra única seguridad. Nada puede separar a un cristiano viviente de Dios.

Fuente: ¡Maranata: el Señor Viene! p.107.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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miércoles, 31 de diciembre de 2008

El mensaje especial de Dios para hoy. Por Elena G. de White.

La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. (Rom. 13: 12).

En un tiempo como éste deberíamos tener un solo objetivo en vista: Emplear todo medio que Dios ha provisto para sembrar la verdad en los corazones de los hombres. . . Es deber de todo cristiano esforzarse al máximo para difundir el conocimiento de la verdad.

Dios ha esperado largo tiempo, y todavía está esperando, que los seres que son suyos por creación y por redención escuchen su voz y le obedezcan como hijos amantes y dóciles que desean estar cerca de él y que la luz de su semblante los ilumine. Debemos llevar al mundo el mensaje del tercer ángel, amonestando a los hombres que no adoren a la bestia ni a su imagen e invitándolos a tomar ubicación entre los que "guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14: 12). Dios no nos ha revelado cuándo terminará este mensaje o cuándo concluirá el tiempo de gracia. . . Nuestro deber consiste en velar, trabajar y esperar, y trabajar continuamente por las almas de los hombres que están a punto de perecer.

Ahora mismo debemos velar, trabajar y esperar. . . El fin de todas las cosas se acerca. . . El Espíritu del Señor está obrando para tomar la verdad de la Palabra inspirada y grabarla en el alma, de modo que los profesos seguidores de Cristo tengan un gozo santo y sagrado que puedan impartir a los demás. El momento oportuno para realizar nuestra obra es ahora, ahora mismo, entre tanto que el día dura...

Se necesita un testimonio más profundo, más decidido, más convincente del poder de la verdad, manifestado en la piedad práctica de los que profesan creerla...

Debemos tener la verdad implantada en el corazón, y debemos enseñarla a los demás tal como es en Jesús. El mundo está pasando por un período muy solemne, porque las almas están decidiendo cuál será su destino eterno. Satanás y sus ángeles están conspirando continuamente para invalidar la ley de Dios y esclavizar de esa manera las almas de los hombres mediante los afanes del pecado. La oscuridad que cubre la tierra es cada vez más densa, pero los que andan humildemente con Dios no tienen nada que temer.

Fuente: ¡Maranata: el el Señor Viene! p.106.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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sábado, 20 de diciembre de 2008

Sirvamos al Maestro. Por Elena G. de White.

Cada talento tiene su lugar.

Es el propósito divino que el plan de salvación no sea llevado a cabo en forma independiente de los instrumentos humanos. A fin de proclamar el evangelio a la raza humana, Dios no ha elegido a los ángeles, sino a hombres con pasiones semejantes a las nuestras. Pablo dice: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros”. Fue para que Dios reciba la honra que esta obra fue encomendada a los débiles y descarriados mortales… Es importante que todos los que han sido hechos partícipes de esta gran salvación comuniquen a los demás lo que les ha sido dado a conocer.

Demos lo mejor

Todos los que han recibido la luz de la verdad son colocados bajo solemnes obligaciones para permitir que la luz se esparza hacia los demás. Cada uno puede, dentro de su humilde esfera, hacer algo para el Maestro. Puede ser que no sea capaz de realizar ofrendas magníficas para colaborar con el avance de la causa de Dios, pero puede dar el servicio dispuesto y alegre de un corazón obediente. No todos pueden ser predicadores; no todos pueden ser generales en el ejército del Señor; pero todos pueden ser soldados fieles, que siguen en humilde obediencia las órdenes del Capitán de su salvación. Pueden animar a sus compañeros con palabras de valor y esperanza y, al hacerlo, revelarán las alabanzas de aquel que los ha llamado de las tinieblas a su luz admirable. Dios requiere de todos el mejor servicio que puedan dar…

Que cada uno se pregunte diligentemente: ¿Qué he hecho por Cristo?… Y entonces, que en humildad cada uno se entregue sin reservas a Dios, diciendo: Heme aquí, Señor, envíame a mí.

En ese gran día, cuando toda obra sea traída a juicio, los labios del Maestro dirán estas palabras sobre los atónitos oídos de los obreros humildes y pacientes: “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis”. Los que escuchen estas palabras no recordarán haber 
hecho algo digno de tal encomio, por lo que preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos así?” La respuesta no se hace esperar: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”… y agregará: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”…

Hay una obra para todos

Dondequiera se erija una iglesia, el ministro no debería considerar que su deber está cumplido hasta que todo haya sido organizado y puesto en correcto funcionamiento. Todo miembro debería llegar a ser un misionero. Todos deberían hacer algo para contribuir a esparcir la luz de la verdad; esa actividad les ayudará a crecer espiritualmente…

El obrero que establece pequeños grupos aquí y allí, jamás debería dar la impresión, a los que recién han aceptado la fe, que Dios no requiere que ellos trabajen de manera sistemática para contribuir a sostener la causa mediante sus esfuerzos y medios personales…

Recibisteis de gracia, dad de gracia

Los que han sido hechos partícipes de la gracia divina no deberían demorarse en mostrar su aprecio por el don recibido. No deberían creer que el diezmo es el límite de su liberalidad… Ninguno debería olvidarse de dar ofrendas de agradecimiento y voluntarias para Dios…

El Señor brinda a algunos la oportunidad de honrarlo con la abundancia del sustento. Otros, si no les es posible hacer más por Dios, pueden honrarlo igualmente al buscar la oportunidad de dar una copa de agua fresca al discípulo cansado y sediento. No solo los que ostentan grandes posesiones tienen el privilegio y el deber de ser fieles, sin escatimarle nada al Señor… El que sigue el plan divino en lo poco que le ha sido dado recibirá en retorno lo mismo que el que ofrenda de su abundancia…

¡Oh, si pudiera impresionar a todos con la importancia 
de seguir el plan de Dios en todas las cosas, y en llegar a ser obreros para él! Humillemos nuestros corazones ante el 
Señor y, cuando lleguemos a ser sus verdaderos seguidores, sentiremos que debemos confesar que hemos hecho 
demasiado poco por el amado Salvador que tanto hizo por nosotros.


Fuente: Adventist World. Este artículo es un fragmento del que apareció en la Advent Review and Sabbath Herald, conocida ahora como la Adventist Review, el 24 de agosto de 1886.
Autor: Elena G .de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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