viernes, 2 de enero de 2009

El Culto de Familia. Por E.G. de White

Si hubo tiempo en el que cada casa debiera ser una casa de oración, es ahora. Predomina la incredulidad y el escepticismo. Abunda la inmoralidad. La corrupción penetra hasta el fondo de las almas y la rebelión contra Dios se manifiesta en la vida de los hombres. Cautivas del pecado, las fuerzas morales quedan sometidas a la tiranía de Satanás. Juguete de sus tentaciones, el hombre va donde lo lleva el jefe de la rebelión, a menos que un brazo poderoso lo socorra.

Sin embargo, en esta época tan peligrosa, algunos de los que se llaman cristianos no celebran el culto de familia. No honran a Dios en su casa, ni enseñan a sus hijos a amarlo y temerlo. Muchos se han alejado a tal punto de Dios que se sienten condenados cuando se presentan delante de él. No pueden allegarse "confiadamente al trono de la gracia," "levantando manos limpias, sin ira ni contienda." (Heb. 4: 16; 1 Tim. 2: 8.) No están en comunión viva con Dios. Su piedad no es más que una forma sin fuerza.

La idea de que la oración no es esencial es una de las astucias de las que con mayor éxito se vale Satanás para destruir a las almas. La oración es una comunión con Dios, la fuente de la sabiduría, fuerza, dicha y paz. Jesús oró a su Padre "con gran clamor y lágrimas." (Heb. 5: 7.) Pablo exhortó a los creyentes a "orar sin cesar" (1 Tes. 5: 17), y a hacer conocer sus necesidades por "peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias." (Fil. 4: 6.) Santiago dice: "Rogad los unos por los otros, . . . la oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho." (Sant. 5: 16.)

Mediante oraciones sinceras y fervientes, los padres deberían alzar como una valla alrededor de sus hijos. Deberían orar con fe implícita para que Dios habite en ellos y que los santos ángeles los preserven, a ellos y a sus hijos, de la potencia cruel de Satanás.

En cada familia debería haber una hora fija para el culto matutino y vespertino. ¿No conviene a los padres reunir en derredor suyo a sus hijos antes del desayuno para agradecer al Padre Celestial por su protección durante la noche, y para pedirle su ayuda y cuidado durante el día? ¿No es propio también, cuando llegue el anochecer, que los padres y los hijos se reúnan una vez más delante de Dios para agradecerle las bendiciones recibidas durante el día que termina?

El padre, o en su ausencia la madre, debe presidir el culto y elegir un pasaje interesante de las Escrituras que pueda comprenderse con facilidad. El culto debe ser corto. Cuando se lee un capítulo largo y se hace una oración larga, se torna fatigoso y se siente alivio cuando termina. Dios queda deshonrado cuando el culto se vuelve árido y fastidioso, cuando carece tanto de interés que los hijos lo temen.

Padres y madres, cuidad de que el momento dedicado al culto de familia sea en extremo interesante. No hay razón alguna porque no sea éste el momento más agradable del día. Con un poco de preparación podréis hacerlo interesante y provechoso. De vez en cuando, introducid algún cambio. Se pueden hacer preguntas con referencia al texto leído, y hacer algunas observaciones fervorosas y oportunas. Se puede cantar un himno de alabanza. La oración debe ser corta y precisa. El que ora debe hacerlo con palabras sencillas, fervientes; debe alabar a Dios por su bondad y pedirle su ayuda. Si las circunstancias lo permiten, dejad a los niños tomar parte en la lectura y la oración.

La eternidad sola pondrá en evidencia el bien verificado por esos cultos de familia.

La vida de Abrahán, el amigo de Dios, fue una vida de oración. Dondequiera que levantase su tienda, construía un altar sobre el cual ofrecía sacrificios mañana y noche. Cuando él se iba, el altar permanecía. Y al pasar cerca de dicho altar el nómada cananeo, sabía quién había posado allí. Después de haber levantado también su tienda, reparaba el altar y adoraba al Dios vivo.

Así es cómo el hogar cristiano debe ser, una luz en el mundo. De él, mañana y noche, la oración debe elevarse hacia Dios como el humo del incienso. En recompensa, la misericordia y las bendiciones divinas descenderán como el rocío matutino sobre los que las imploran.

Padres y madres, cada mañana y cada noche, juntad vuestros hijas alrededor vuestro, y elevad vuestros corazones a Dios por humildes súplicas. Vuestros amados están expuestos a la tentación. Hay dificultades cotidianas sembradas en el camino de los jóvenes y de sus mayores. Los que quieran vivir con paciencia, amor y gozo deben orar. Será únicamente obteniendo la ayuda constante de Dios cómo podremos obtener la victoria sobre nosotros mismos.

Cada mañana consagraos a Dios con vuestros hijos. No contéis con los meses ni los años; no os pertenecen. Sólo el día presente es vuestro. Durante sus horas, trabajad por el Maestro, como si fuese vuestro último día en la tierra. Presentad todos vuestros planes a Dios, a fin de que él os ayude a ejecutarlos o abandonarlos según lo indique su Providencia. Haced los planes de Dios en lugar de los vuestros, aun cuando esta aceptación exija que renunciéis a proyectos por largo tiempo acariciados. Así, vuestra vida será siempre más y más amoldada conforme al ejemplo divino, y "la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús." (Fil. 4: 7.)

Fuente: Testimonios Selectos. T5 p.18-20.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

1 comentario:

  1. Me parece ineresantísimo este artìculo. Queridos amigos, sé que la vorágine de nuestros días, el estrés de`proveer de lo necesario nuestros hogares hace difícil encontrar un tiempo de reunión y comunión familiar. Pero que mejor que hacerlo con jesús. Más que decirle a diario a nuestros hijos que deben orar, la práctica sistemática de este celeste hábito, formará en ellos un cimiento indestructible de su carácter. No importa cuan grande sea la tormenta de la vida que les toque vivir. pero recordarán e n ese momento el oasis de paz que tenían en su infancia al momentop de la reunión familiar.

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