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jueves, 18 de marzo de 2010

La tentación del exceso. Por Ricardo Bentancur

Allí estaban los cuatro hijos con sus esposas y los ochos nietos de un matrimonio que ya había cumplido las bodas de oro. Una familia grande y espléndida, que esperaba con cierta expectativa que abriera el prospecto de los libros que quería enseñarles. Entonces yo era un joven que ganaba mis estudios mediante la venta de libros. Para romper el hielo, les hice una pregunta tan inocentemente desubicada que me desconcertó a mí mismo: “¿Quién es el jefe de esta familia?” Todos quedaron perplejos, se miraron entre sí con cierta incomodidad, y luego, el abuelo aportó una respuesta brillante; señalando a su esposa, dijo: “¡La cocinera!”

“Algo se está cocinando” o “todavía está en el horno” son expresiones que usamos a menudo para ejemplificar que algo importante está por suceder. “La cocina” es la metáfora de ese pensamiento, idea o dato medular que se esconde en cualquier proceso o hecho que consideramos importante. Es claro para todos que el lugar donde se elaboran los alimentos es un centro de poder en la vida doméstica, pues es el eje por donde circulan los horarios y múltiples quehaceres de los miembros de una familia. Antes más que ahora. Pero aún hoy, muchas familias conservan la tradición de tener una hora para comer, un lugar donde sentarse a la mesa, un comportamiento casi ritual que indica cómo proceder, qué cosas conversar y qué no decir en ese lugar sagrado del seno familiar.

Quizá solo de viejos podamos comprender el valor que ha tenido en nuestra vida la existencia de una compañera que nos preparó los platos más sanos, y que desde el laboratorio de la cocina prodigó salud a toda su familia.

Por eso, saber comer es muy importante. Dicen los expertos que a través de la boca el bebé toma contacto con el mundo exterior y construye sus primeras relaciones y conductas. Por esta razón se ha denominado fase oral a la primera etapa del desarrollo, ya que lo que ocurre en torno a la zona bucal desempeña un papel fundamental en la conducta posterior del ser humano.

Aunque miles de millones de personas padecen hambre en este mundo, en este país no vivimos bajo la tiranía de la escasez, sino más bien bajo la tentación del exceso. Habitamos una sociedad consumista, dominada por la promoción de la gratificación de todos los deseos. A diario somos bombardeados por la publicidad para vivir bien, comer más de lo suficiente, gratificarnos en todo, olvidarnos de los demás mientras nos amamos a nosotros mismos. La consigna es buscar la autocomplacencia, darnos banquetes, festejar, divertirnos, celebrar, obtener el mayor placer posible. No es cuestión de postergar las apetencias, por el contrario, el mensaje de los medios masivos es: Dese el gusto.

Al respecto, la sabiduría de la comentadora bíblica Elena G. de White, que escribió hace más de un siglo, se expresa de este modo: “Nuestro peligro no radica en la escasez, sino en la abundancia. Estamos siempre tentados a los excesos” (Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 32).

Pero todo ser humano es arquitecto de su propio destino. El dominio del apetito no solo construye comportamientos saludables y hábitos ordenados (al regular los horarios y la cantidad y la calidad de los alimentos), también asienta los cimientos del edificio de nuestra existencia. El control de la apetencia configura un patrón básico de la conducta.

Un modelo de sobriedad es el profeta Daniel. Vaya el lector a ese libro de la Biblia y reflexione en el ejemplo de dominio propio de aquel siervo de Dios: Prisionero y esclavo de una nación invasora, Daniel adoptó una decisión fundamental que cambió su vida y la historia del imperio de Nabucodonosor. Declara el texto bíblico: “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía” (Daniel 1:8).

Como dice Elena G. de White, quizá nuestro pecado hoy sea el exceso. Pero hay consejo y poder en la Palabra de Dios.



Fuente: El Centinela
Autor: Dr. Ricardo Bentancur, escritor, filosofo y teólogo uruguayo, actualmente editor asociado de EL CENTINELA. Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba; licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de Buenos Aires; licenciado en Teología por la Universidad Adventista del Plata y la Pontificia Universidad Católica de Buenos Aires. Ex redactor de la Asociación Casa Editora Sudamericana, Bs. As., Argentina y actual redactor de Pacific Press Publishing Association, en Idaho, Estados Unidos. Autor de dos libros y de numerosos artículos sobre teología, filosofía de la religión y fenomenología, publicados en revistas de difusión y especializadas de Europa y de las tres Américas.
Fotografía: Kurt Wenner / "Gluttony": pintura en la calle, recomiendo ver la pintura en el entorno original, haciendo clic aquí.

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miércoles, 22 de abril de 2009

La victoria de Cristo. Por Alejandro Bullón

Pero gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. 1 Corintios 15:57.

“Pastor”, decía la carta, “no sé durante cuánto tiempo más conseguiré vencer en la lucha que enfrento desde hace varios años. No logro encontrar una señorita que me guste, porque me siento atraído por los jóvenes. ¿Qué hago?”.

Evidentemente, por el tenor de la carta, este joven nunca había cedido a la tentación. Pero lo que lo inquietaba, al punto de causarle temor, era la pregunta: “¿Por cuánto tiempo más conseguiré vencer en la lucha?”.

Vivimos en tiempos peligrosos, en los cuales se intenta justificar el pecado a viva voz, en todas sus formas.

Sin embargo, el versículo de hoy muestra la salida para cualquier problema de tendencias que el ser humano carga desde que nace. Unos de una manera, otros de otra. Y el grito del corazón humano es: “¿Hasta cuándo tendré que luchar contra mis tendencias?”.

El apóstol Pablo, en los versículos anteriores al texto que escogimos para hoy, habla del fin de la lucha cuando finalmente “esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (ver el vers. 53). El apóstol está describiendo la glorificación de nuestra naturaleza: la erradicación completa y definitiva de la presencia del pecado en la experiencia humana.

Pero, mientras ese día no llega, Pablo, por experiencia propia, presenta una promesa: “Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Nadie tiene derecho a ser derrotado por las tendencias, porque Cristo preparó un medio para alcanzar la victoria. Él venció el pecado. Enfrentó las tentaciones aferrándose al poder del Padre, y nos mostró el camino de la victoria; su victoria es nuestra victoria hoy. Su victoria cubre la multitud de nuestros pecados pasados, y en el presente desea vivir sus grandes obras de victoria por la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida.

Gracias a Dios porque, aunque no haya llegado todavía el día de la glorificación, la victoria de Cristo no es apenas una promesa, sino una realidad en la vida de quienes procuran mantener diariamente una experiencia de amor con Cristo.

Estás delante de un nuevo día. En este día habrá tentaciones como en todos los demás, pero ya eres victorioso si con fe echas mano del poder de Jesús.


Autor: Alejandro Bullón Paucar. Nació en Perú, y estudió y se graduó de Teología en el Seminario de la Unión Peruana. Trabajó diez años en su país como consejero de jóvenes, y luego fue invitado a continuar el desarrollo de dicho ministerio en el Brasil. Actualmente es evangelista de la Voz de la Esperanza. Ex secretario de la Asociación Ministerial de la División Sudamericana de los Adventistas del Séptimo Día, y evangelista para toda América del Sur. Ha escrito varios libros, tales como "Conocer a Jesús es todo", "La crisis existencial", "Tú eres mi vida" y "Vuelve a casa hijo".

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