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domingo, 9 de agosto de 2009

Nuestra misión, el mundo. Por Elena G. de White

Debemos hacer la obra del que nos envió.

Las vidas de los que están conectados con Dios son fragantes en obras de amor y bondad. El dulce sabor de Cristo los rodea; la influencia que ejercen eleva y bendice a los demás. Son árboles que dan fruto. Los hombres y mujeres con semejante marca de carácter servirán a sus prójimos mediante actos de bondad y trabajo serio y sistemático.

La importancia del yo, la vanidad y el orgullo, jamás deberían interferir con la obra sagrada. Los que han sido exaltados porque pueden hacer algo en la causa de Dios, estarán en peligro de echar a perder la obra por su presunción, y arruinarán así sus propias almas.

Todos los que trabajan en la obra de Dios deberían hacer que su misión sea lo más atractiva posible, para que su comportamiento no produzca aversión por la verdad. El yo debe estar escondido en Cristo, y los que trabajan para Dios deben poseer caracteres de sabor fragante. Ahora es el momento de realizar los esfuerzos más serios. Se necesita a hombres y mujeres para trabajar en el gran campo misionero con determinación; hombres y mujeres que oren y clamen para poder sembrar la preciosa semilla de la verdad, imitando así al Redentor, el príncipe de los misioneros.

Cristo dejó los atrios celestiales; dejó su puesto de honor, y por nuestra causa se hizo pobre, para que por su pobreza fuéramos hechos ricos. Trabajó en la viña en las colinas de Galilea, y finalmente regó con su propia sangre la semilla que había sembrado. Cuando la cosecha de la tierra sea reunida en los graneros del cielo y Cristo observe a los santos redimidos, verá el trabajo de su alma y estará satisfecho.

El que da mayores talentos a los que han perfeccionado sabiamente los talentos que se les han encomendado, está listo a reconocer los servicios de sus fieles seguidores en el Amado, ya que éstos han batallado mediante su poder y gracia. Los que han procurado desarrollar y perfeccionar el carácter cristiano mediante el ejercicio de sus facultades en buenas obras y en la siembra de las semillas de la verdad junto a toda agua, cosecharán, en el mundo venidero, lo que han sembrado. La obra iniciada en esta tierra será consumada en la vida más excelsa y santa, y durará por toda la eternidad. La negación y el sacrificio del yo que se necesitan para que el corazón realice las obras de Cristo, serán superados infinitamente por la rica recompensa del eterno peso de gloria, por los gozos de una vida a la altura de la vida de Dios.

Vivir por Cristo

Ninguno debería sentirse satisfecho de salvar solamente su alma. Los que aprecian el plan de salvación, el precio infinito que se pagó por la redención del hombre, no vivirán para sí. Estarán profundamente interesados en salvar a sus prójimos, para que Cristo no haya muerto por ellos en vano.

Todo el cielo está interesado en la salvación de las almas, y todos los que participan de los beneficios celestiales sentirán una ansiedad intensa para que el interés manifestado por el cielo no sea en vano. Cooperarán en la tierra con los ángeles del cielo, al manifestar su aprecio por el valor de las almas por las que Cristo murió. Mediante sus esfuerzos sinceros y sensatos, traerán a muchos al redil de Cristo. Nadie que sea partícipe de la naturaleza divina estará indiferente ante este asunto.

El mundo es nuestro campo de trabajo. Aferrados a Dios para recibir su poder y su gracia, podemos avanzar en el camino del deber como colaboradores con el Redentor del mundo. Nuestro trabajo es esparcir la luz de la verdad y adelantar la obra de la reforma moral, a fin de elevar, ennoblecer y bendecir a la humanidad. En todo curso de acción, deberíamos aplicar los principios de Cristo en el Sermón del Monte, y confiar entonces los resultados a Dios.

El gozo del servicio

“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”. “Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”.

Si Dios, Cristo y los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente y se torna obediente a Cristo, ¿no debería estar el ser humano imbuido del mismo espíritu, y trabajar por el futuro y por la eternidad con esfuerzos perseverantes para salvar no solo su alma sino las almas de los demás?

Si trabajáis en esta dirección con interés sincero como seguidores de Cristo, cumpliendo todo deber, mejorando cada oportunidad, vuestras almas se adaptarán gradualmente al molde del cristiano perfecto. El corazón ya no se mostrará indiferente e insensible. La vida espiritual no se verá disminuida. El corazón brillará con la impresión de la imagen divina, porque estará en estrecha relación con Dios. La vida entera fluirá con alegre presteza en canales de amor y simpatía por la humanidad. El yo será olvidado, y sus acciones estarán de acuerdo con Dios. Al ofrecer el agua a los demás, sus almas también serán regadas.

El río que fluye de sus almas proviene de una fuente de agua viva, y fluye hacia los demás en buenas obras, en sinceros y abnegados esfuerzos por la salvación de ellos. A fin de ser un árbol fructífero, el alma debe apoyarse y nutrirse de la Fuente de Vida, y debe estar en armonía con el Creador.

La necesidad de consagración

Todos los que son fieles obreros de Dios entregarán de buena gana sus espíritus y todas sus energías como un sacrificio para Dios. En respuesta al toque divino, el Espíritu de Dios que opera sobre el espíritu de ellos convoca las sagradas armonías del alma. Esta es la verdadera santificación, según se revela en la Palabra de Dios, y es obra de toda la vida.

La obra que el Espíritu de Dios ha comenzado sobre la tierra para perfeccionar al hombre, será coronada por la gloria en las mansiones de Dios… Los momentos que se nos otorgan son pocos. Estamos ante los umbrales mismos de la eternidad. No hay tiempo que perder. Cada momento es sagrado y muy precioso como para ser dedicado meramente en beneficio propio.

¿Quién buscará a Dios con sinceridad, y tomará de él la fuerza y la gracia para ser su fiel obrero en el campo misionero? Los esfuerzos individuales son esenciales para el éxito de esta empresa.


Fuente: AdventistWorld.com / Este artículo es un fragmento del que apareció en la Adventist Review and Sabbath Herald, ahora llamada Revista Adventista, el 2 de enero de 1879
Autor: Elena G. de White, los adventistas creemos que ella ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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lunes, 6 de julio de 2009

Su gloriosa aparıción. Por Elena G. de White

“El Señor es paciente […] no 
queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al 
arrepentimiento”. 2 Peter 3:9

Entre la primera y la segunda aparición de Cristo se verá un maravilloso contraste. Ninguna lengua humana puede representar las escenas de la segunda venida del Hijo del hombre en las nubes de los cielos. Él vendrá con su gloria y con la gloria del Padre y de los santos ángeles. Vendrá vestido de un manto de luz que ha usado desde los días de la eternidad. Los ángeles lo acompañarán. Millares de millares lo escoltarán. Se oirá el sonido de la trompeta, que llamará a los que esperan en el sepulcro. La voz de Cristo traspasará la tumba y llegará hasta los oídos de los que duermen: “Todos los que están en los sepulcros […] saldrán a resurrección de vida”.

“Serán reunidas delante de él todas las naciones”. El mismo que murió por el ser humano lo ha de juzgar en el último día; porque el Padre “todo 
el juicio dio al Hijo: […] y, además, le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del hombre”. ¡Qué 
día será ese, cuando los que rechazaron a Cristo mirarán a aquel cuyos pecados lo traspasaron! Sabrán entonces que 
él les prometía todo el cielo si tan 
solo permanecían de su lado como hijos obedientes, y que pagó un precio 
infinito por la redención de ellos, 
pero que ellos no aceptaron ser libres de la mortificante esclavitud 
del pecado […].

Escenas de la vida del Maestro

Al contemplar su gloria, en sus mentes destella el recuerdo del Hijo del hombre vestido de humanidad. Recuerdan cómo lo trataron, cómo lo rechazaron […]. Las escenas de la vida de Cristo aparecen con toda claridad ante ellos. Todo lo que hizo, todo lo que dijo, la humillación a la que descendió para salvarlos de la contaminación del pecado, se elevan ante ellos para condenarlos.

Lo contemplan mientras cabalga hacia Jerusalén, y lo ven quebrantado en agonía y en llanto sobre la ciudad impenitente que no recibió su mensaje. Su voz, que pronunció invitaciones y súplicas en tonos de tierna solicitud, parece caer una vez más sobre sus oídos. Ante ellos aparece la escena del Getsemaní, y escuchan la asombrosa oración de Cristo que dice: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa”.

Una vez más oyen la voz de Pilato que dice: “Ningún delito hallo en este hombre”. Ven la escena vergonzosa en la sala del juicio, cuando Barrabás está de pie junto a Cristo y se les da el privilegio de elegir al culpable. Una vez más oyen las palabras de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?” Y ellos oyen la respuesta: “¡Fuera con ese; suéltanos a Barrabás!” Ante la pregunta de Pilato: “¿Qué pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?”, se oye la respuesta: “¡Que sea crucificado!”.

Una vez más lo ven cargar el oprobio de la cruz. Oyen las ruidosas y triunfantes exclamaciones burlonas que dicen: “Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz”. “A otros salvó, pero a sí mismo no se puede salvar”.

Lo contemplan entonces ya no en el Getsemaní, ni en la sala del juicio ni en la cruz del Calvario. Las marcas de la humillación han desaparecido, y ven ahora el rostro de Dios, ese rostro que escupieron y que los sacerdotes y gobernantes golpearon con las palmas de sus manos. Entonces les es revelada la verdad en toda su plenitud. Tienen que enfrentar la ira del Cordero, del que vino a quitar los pecados del mundo, del que siempre les había brindado su infinita ternura, benigna paciencia y amor inexplicable. Comprenden que han perdido el derecho a todas las riquezas de su gran salvación. Al contemplar a aquel que murió para quitar sus culpas, claman a las rocas y a las montañas, diciéndoles: “Caed sobre nosotros y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono y de la ira del Cordero, porque el gran día de su ira ha llegado y ¿quién podrá sostenerse en pie?”

Nuestra vida en perspectiva

Nos hallamos en medio de los peligros de los últimos días. Las escenas del conflicto se agolpan, y el día de 
días ya está sobre nosotros. ¿Estamos 
preparados? Cada acto, grande o 
pequeño, será traído a cuenta. Lo 
que aquí consideramos trivial 
aparecerá allí tal como es. Las dos blancas de la viuda recibirán su reconocimiento. La copa de agua ofrecida, la prisión visitada, los hambrientos alimentados –todos recibirán su recompensa. Y ese deber no cumplido o ese acto egoísta no será olvidado. Ante la corte que rodea al trono de Dios parecerá algo muy diferente de lo que fue cuando se llevó a cabo. Al ser colocado ante los hombres a la luz del rostro de Dios, el pecado secreto que ahora se antoja insignificante aparecerá como de extrema gravedad […].

¿Cómo está nuestro registro en los libros del cielo? ¿Hemos escogido ser partícipes con Cristo en sus sufrimientos? ¿Hemos estado aprendiendo en la escuela de Cristo sobre su mansedumbre y humildad de corazón? ¿Hemos permanecido del lado de Cristo y cargado su oprobio? ¿Hemos llevado su yugo sobre nosotros, y portado la cruz con negación del yo y con sacrificio? ¿Hemos ayudado a llevar sus cargas y cooperar con él en su obra?

Se completa el plan de salvación

Satanás ha descendido con gran poder, […] pero no es necesario que ninguno sea engañado. No lo seremos si tomamos sin reservas el lado de Cristo y lo seguimos ante la alabanza o el oprobio […]. El glorioso monumento del poder maravilloso de Dios pronto será restaurado al lugar que le corresponde. Entonces el paraíso perdido será el paraíso restaurado. El plan divino para la redención del hombre será completado. El Hijo del hombre concederá a los justos la corona de vida eterna, y ellos lo servirán “día y noche en su templo. El que está sentado sobre el trono extenderá su tienda junto a ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno, porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos 
de ellos”.


Fuente: AdventistWorld.com / Este artículo es un extracto del que apareció en la Advent Review and Sabbath Herald, ahora conocida como Adventist Review, del 5 de septiembre de 1899.
Autor: Elena G. de White, los adventistas creemos que ella ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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miércoles, 10 de junio de 2009

No sentimientos, sino fe. Por Elena G. de White

Los sentimientos no son una buena medida de la vida espiritual, pero la Palabra de Dios sí lo es.
Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe”. Al leer esto, algunas almas concienzudas comienzan a criticar inmediatamente sus sentimientos y emociones. Pero no es esta una autoevaluación correcta. No hemos de examinar los irrisorios sentimientos y emociones. La vida y el carácter solo han de ser medidos por la única norma del carácter: la santa ley de Dios. El fruto da testimonio del árbol. Nuestras obras, no nuestros sentimientos, dan testimonio de nosotros.

Los sentimientos, sean alentadores o desalentadores, no deberían constituir la prueba de la condición espiritual. Por la Palabra de Dios hemos de determinar nuestro verdadero estado ante él. Muchos se sienten desconcertados en este punto. Cuando están felices y gozosos, piensan que son aceptados por Dios. Cuando en cambio se sienten deprimidos, piensan que Dios los ha abandonado.

Recibamos la misericordia divina

Dios no mira con favor a los que con confianza propia exclaman: “Estoy santificado; soy santo; no tengo pecado”. Estos son fariseos sin fundamento para tal afirmación. Los que, como resultado de sus sentimientos de completa indignidad, apenas se atreven a elevar sus ojos al cielo, están más cerca de Dios que los que aducen ser tan piadosos. Ellos están representados por el publicano que, golpeándose el pecho, oraba: “Dios, sé propicio a mí, pecador”, y regresó a su casa justificado, a diferencia del fariseo lleno de justicia propia.

Pero Dios no desea que andemos por la vida desconfiando de él. Le debemos al Padre celestial una visión más generosa de su bondad que la que le asigna nuestra manifiesta desconfianza de su amor. Tenemos una prueba de su amor; es una prueba tal que maravilla a los ángeles y está mucho más allá de la comprensión del ser humano más sabio. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. Aunque éramos pecadores, Dios dio a su hijo para morir por nosotros. ¿Podemos dudar acaso de su bondad?

Jesús hace la diferencia

Contemplad a Cristo. Descansad en su amor y misericordia. Esto hará que vuestra alma aborrezca todo lo pecaminoso y la inspirará con un deseo intenso de la justicia de Cristo. Cuanto más claramente veamos al Salvador, más claramente discerniremos nuestros defectos de carácter. Confesad vuestros pecados a Cristo, y con verdadera contrición cooperad con él dejando vuestros pecados de lado. Creed que han sido perdonados. La promesa lo afirma: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Tened la seguridad de que la Palabra de Dios no fallará. Fiel es el que prometió. Es vuestro deber tanto confesar vuestros pecados como creer que Dios cumplirá su Palabra y os perdonará.

Fe en las promesas

Ejerced fe en Dios. ¡Cuántos hay que van por la vida bajo una nube de condenación! No creen en la Palabra de Dios. No tienen fe en que él hará lo que ha prometido. Muchos que anhelan ver que otros hallan descanso en el amor perdonador de Cristo no lo aceptan para sí mismos. ¿Pero cómo podrían llevar a otros a mostrar la fe simple de un niño en el Padre celestial, cuando miden el amor de Dios según sus sentimientos?

Confiemos implícitamente en la Palabra de Dios, recordando que somos sus hijos e hijas. Alistémonos para creer en su Palabra. La duda hiere el corazón de Cristo, cuando nos ha dado tantas evidencias de su amor. Dio su vida para salvarnos. Él nos dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”.

¿Creéis que él cumplirá lo que ha prometido? Entonces, después de cumplir sus condiciones, abandonad ya la carga de nuestro pecado. Entregadla al Salvador. Dadle a él vuestra confianza.


Fuente: AdventistWorld.com / Este artículo es un extracto del que apareció en la Advent Review and Sabbath Herald, ahora la Adventist Review, del 21 de mayo de 1908.
Autor: Elena G. de White, los adventistas creemos que ella ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público

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martes, 27 de enero de 2009

Gremios y monopolios. Por Elena G. de White.

Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. (Sant. 5: 7).

Los gremios serán uno de los instrumentos que traerán sobre esta tierra un tiempo de angustia como nunca ha habido desde que el mundo fue creado.

La obra del pueblo de Dios consiste en prepararse para los acontecimientos del futuro, los que pronto lo sobrecogerán con fuerza abrumadora. En el mundo se formarán monopolios gigantescos. Los hombres se asociarán en gremios que los encerrará en el redil del enemigo. Unos pocos hombres se unirán para apoderarse de todos los medios que puedan obtenerse en ciertos tipo de negocios. Se formarán gremios de obreros y los que rehuse unirse a ellos serán hombres marcados...

Estos gremios constituyen una de las señales de los último días. Los hombres están siendo unidos en atados listos para se quemados. Puede ser que sean miembros de la iglesia, pero mientras pertenezcan a esas asociaciones, no pueden guardar los mandamientos de Dios, porque el pertenecer a ellas implica despreciar todo el Decálogo.

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. . . y. . . a tu prójimo como a ti mismo" (Mar. 12: 30, 31). . . ¿Cómo pueden los hombres obedecer estas palabras, y formar combinación que privan a las clases más pobres de las ventajas que les pertenecen con justicia, y les impiden comprar o vender, a no ser bajo ciertas condiciones?

Los que pretenden ser hijos de Dios en ningún caso debería unirse a los gremios que ya están formados o que se van a formar. El Señor lo prohíbe. ¿No pueden ver los que estudian la profecías lo que hay delante de nosotros?

Pronto habrá que hacer frente a graves crisis, y queremos estar escondidos en la hendidura de la roca para que podamos ver a Jesús y ser vivificados por su Santo Espíritu. No tenemos tiempo que perder ni siquiera un instante.

Fuente: ¡Maranata: el el Señor Viene! p.181.
Autor: Elena G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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martes, 13 de enero de 2009

La senda de la vida. Por Elena G. de White.

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. (Mat. 7: 13, 14).

Cristo nos invita a entrar en la senda angosta, donde cada paso significa abnegación. Nos invita a estar de pie sobre la plataforma de la verdad eterna y luchar tesoneramente por la fe dada una vez a los santos...

Al acercarnos al tiempo cuando los principados, las potestades y las huestes espirituales de maldad que se encuentran en las regiones celestiales sean lanzados de lleno en su lucha contra la verdad, cuando el poder engañoso de Satanás sea tan grande que trate de seducir, si fuere posible, a los mismos elegidos, nuestro entendimiento debe ser aguzado mediante la iluminación divina a fin de que los artificios de Satanás no nos resulten desconocidos. Todo el tesoro del cielo está a nuestra disposición para que preparemos el camino del Señor. Al darnos la cooperación de los santos ángeles, Dios ha hecho posible que nuestra obra sea un éxito maravilloso y glorioso. Pero rara vez el éxito será el resultado del esfuerzo esporádico. Se requiere la influencia conjunta de todos los miembros de la iglesia.

La iglesia necesita hoy hombres que, como Enoc, caminen con Dios, y revelen a Cristo al mundo. Los miembros de iglesia necesitan alcanzar una norma más elevada. Los mensajeros celestiales están esperando para comunicarse con los que han anulado el yo, cuyas vidas son un cumplimiento de las palabras: "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál. 2: 20). De tales hombres y mujeres debe estar compuesta la iglesia antes que su luz pueda alumbrar al mundo con rayos claros y nítidos. Nuestro concepto del Sol de justicia está oscurecido por el egoísmo. Cristo es crucificado de nuevo por muchos que por su complacencia propia permiten que Satanás los domine...

Es el propósito de Dios que todos sean probados para ver si son leales o desleales a las leyes que gobiernan el reino de los cielos. Hasta el fin Dios le permite a Satanás manifestarse como mentiroso, acusador y homicida. De esa manera el triunfo final de su pueblo llega a ser más señalado, más glorioso.

Fuente: ¡Maranata: el el Señor Viene! p.109.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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viernes, 9 de enero de 2009

Vivir para salvar a otros. Por E.G. de White

Si alguno quiere venir en pon de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. (Luc. 9: 23).

El pecado más difundido que nos separa de Dios y provoca tantos trastornos espirituales contagiosos, es el egoísmo. No se puede volver al Señor excepto mediante la abnegación. Por nosotros mismos no podemos hacer nada; pero si Dios nos fortalece, podemos vivir para hacer bien a otros, y de esta manera rehuir el mal del egoísmo. No necesitamos ir a tierras paganas para manifestar nuestros deseos de consagrarlo todo a Dios en una vida útil y abnegada.

Debemos hacer esto en el círculo del hogar, en la iglesia, entre aquellos con quienes tratamos y con aquellos con quienes hacemos negocios. En las mismas vocaciones comunes de la vida es donde se ha de negar al yo y mantenerlo en sujeción.

Pablo podía decir: "Cada día muero" (1 Cor. 15: 31). Es esa muerte diaria del yo en las pequeñas transacciones de la vida lo que nos hace vencedores. Debemos olvidar el yo por el deseo de hacer bien a otros. A muchos les falta decididamente amor por los demás. En vez de cumplir fielmente su deber, procuran más bien su propio placer.

Dios impone positivamente a todos los que le siguen el deber de beneficiar a otros con su influencia y recursos, y de procurar de él la sabiduría que los habilitará para hacer todo lo que esté en su poder para elevar los pensamientos y los afectos de aquellos sobre quienes pueden ejercer su influencia. Al obrar por los demás, se experimentará una dulce satisfacción, una paz íntima que será suficiente recompensa. Cuando estén movidos por un elevado y noble deseo de hacer bien a otros, hallarán verdadera felicidad en el cumplimiento de los múltiples deberes de la vida. Esto les proporcionará algo más que una recompensa terrenal; porque todo cumplimiento fiel y abnegado del deber es notado por los ángeles, y resplandece en el registro de la vida.

En el cielo nadie pensará en sí mismo, ni buscará su propio placer; sino que todos, por amor puro y genuino, procurarán la felicidad de los seres celestiales que los rodeen. Si deseamos disfrutar de la sociedad celestial en la tierra renovada, debemos ser gobernados aquí por los principios celestiales.

La mayor obra que puede hacerse en nuestro mundo consiste en glorificar a Dios viviendo el carácter de Cristo.

Fuente: ¡Maranata: el el Señor Viene! p.106.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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viernes, 2 de enero de 2009

El Culto de Familia. Por E.G. de White

Si hubo tiempo en el que cada casa debiera ser una casa de oración, es ahora. Predomina la incredulidad y el escepticismo. Abunda la inmoralidad. La corrupción penetra hasta el fondo de las almas y la rebelión contra Dios se manifiesta en la vida de los hombres. Cautivas del pecado, las fuerzas morales quedan sometidas a la tiranía de Satanás. Juguete de sus tentaciones, el hombre va donde lo lleva el jefe de la rebelión, a menos que un brazo poderoso lo socorra.

Sin embargo, en esta época tan peligrosa, algunos de los que se llaman cristianos no celebran el culto de familia. No honran a Dios en su casa, ni enseñan a sus hijos a amarlo y temerlo. Muchos se han alejado a tal punto de Dios que se sienten condenados cuando se presentan delante de él. No pueden allegarse "confiadamente al trono de la gracia," "levantando manos limpias, sin ira ni contienda." (Heb. 4: 16; 1 Tim. 2: 8.) No están en comunión viva con Dios. Su piedad no es más que una forma sin fuerza.

La idea de que la oración no es esencial es una de las astucias de las que con mayor éxito se vale Satanás para destruir a las almas. La oración es una comunión con Dios, la fuente de la sabiduría, fuerza, dicha y paz. Jesús oró a su Padre "con gran clamor y lágrimas." (Heb. 5: 7.) Pablo exhortó a los creyentes a "orar sin cesar" (1 Tes. 5: 17), y a hacer conocer sus necesidades por "peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias." (Fil. 4: 6.) Santiago dice: "Rogad los unos por los otros, . . . la oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho." (Sant. 5: 16.)

Mediante oraciones sinceras y fervientes, los padres deberían alzar como una valla alrededor de sus hijos. Deberían orar con fe implícita para que Dios habite en ellos y que los santos ángeles los preserven, a ellos y a sus hijos, de la potencia cruel de Satanás.

En cada familia debería haber una hora fija para el culto matutino y vespertino. ¿No conviene a los padres reunir en derredor suyo a sus hijos antes del desayuno para agradecer al Padre Celestial por su protección durante la noche, y para pedirle su ayuda y cuidado durante el día? ¿No es propio también, cuando llegue el anochecer, que los padres y los hijos se reúnan una vez más delante de Dios para agradecerle las bendiciones recibidas durante el día que termina?

El padre, o en su ausencia la madre, debe presidir el culto y elegir un pasaje interesante de las Escrituras que pueda comprenderse con facilidad. El culto debe ser corto. Cuando se lee un capítulo largo y se hace una oración larga, se torna fatigoso y se siente alivio cuando termina. Dios queda deshonrado cuando el culto se vuelve árido y fastidioso, cuando carece tanto de interés que los hijos lo temen.

Padres y madres, cuidad de que el momento dedicado al culto de familia sea en extremo interesante. No hay razón alguna porque no sea éste el momento más agradable del día. Con un poco de preparación podréis hacerlo interesante y provechoso. De vez en cuando, introducid algún cambio. Se pueden hacer preguntas con referencia al texto leído, y hacer algunas observaciones fervorosas y oportunas. Se puede cantar un himno de alabanza. La oración debe ser corta y precisa. El que ora debe hacerlo con palabras sencillas, fervientes; debe alabar a Dios por su bondad y pedirle su ayuda. Si las circunstancias lo permiten, dejad a los niños tomar parte en la lectura y la oración.

La eternidad sola pondrá en evidencia el bien verificado por esos cultos de familia.

La vida de Abrahán, el amigo de Dios, fue una vida de oración. Dondequiera que levantase su tienda, construía un altar sobre el cual ofrecía sacrificios mañana y noche. Cuando él se iba, el altar permanecía. Y al pasar cerca de dicho altar el nómada cananeo, sabía quién había posado allí. Después de haber levantado también su tienda, reparaba el altar y adoraba al Dios vivo.

Así es cómo el hogar cristiano debe ser, una luz en el mundo. De él, mañana y noche, la oración debe elevarse hacia Dios como el humo del incienso. En recompensa, la misericordia y las bendiciones divinas descenderán como el rocío matutino sobre los que las imploran.

Padres y madres, cada mañana y cada noche, juntad vuestros hijas alrededor vuestro, y elevad vuestros corazones a Dios por humildes súplicas. Vuestros amados están expuestos a la tentación. Hay dificultades cotidianas sembradas en el camino de los jóvenes y de sus mayores. Los que quieran vivir con paciencia, amor y gozo deben orar. Será únicamente obteniendo la ayuda constante de Dios cómo podremos obtener la victoria sobre nosotros mismos.

Cada mañana consagraos a Dios con vuestros hijos. No contéis con los meses ni los años; no os pertenecen. Sólo el día presente es vuestro. Durante sus horas, trabajad por el Maestro, como si fuese vuestro último día en la tierra. Presentad todos vuestros planes a Dios, a fin de que él os ayude a ejecutarlos o abandonarlos según lo indique su Providencia. Haced los planes de Dios en lugar de los vuestros, aun cuando esta aceptación exija que renunciéis a proyectos por largo tiempo acariciados. Así, vuestra vida será siempre más y más amoldada conforme al ejemplo divino, y "la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús." (Fil. 4: 7.)

Fuente: Testimonios Selectos. T5 p.18-20.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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jueves, 1 de enero de 2009

Un tiempo de decisión. Por Elena G. de White.

Escogeos hoy a quién sirváis. (Jos. 24: 15).

Hoy el mundo está loco: Una demencia se ha apoderado de hombres y mujeres, y los está precipitando hacia la ruina eterna. Prevalece toda clase de complacencia, y los hombres se han infatuado tanto con el vicio que no escuchan llamados ni amonestaciones.

El Señor dice a los habitantes de la tierra: "Escogeos hoy a quién sirváis". Todos están decidiendo ahora su destino eterno. Los hombres necesitan que se les haga comprender la solemnidad de la hora, la cercanía del día cuando terminará el tiempo de prueba. Dios no le da a nadie el mensaje de que pasarán cinco, diez o veinte años antes que termine la historia de esta tierra. No quiere dar excusa a ningún ser viviente para demorar la preparación para su advenimiento. No quiere que nadie diga, como el siervo infiel: "Mi Señor tarda en venir", pues esto conduce al temerario descuido de las oportunidades y los privilegios que se nos dan a fin de que nos preparemos para ese gran día. Todo aquel que pretende ser siervo de Dios, está llamado a prestar servicio como si cada día fuera el último...

Hablad de la pronta aparición del Hijo del hombre en las nubes del cielo con poder y gran gloria. No posterguéis aquel día...

Esta es la gran preocupación que cada cual debe sentir. ¿Están perdonados mis pecados? ¿Ha quitado mi culpa Cristo, el Portador del pecado? ¿Tengo yo un corazón limpio, purificado por la justicia de Cristo? ¡Ay del alma que no esté buscando refugio en Cristo! ¡Ay de los que de alguna manera apartan la mente de la obra e inducen a alguna alma a ser menos vigilante ahora...

La gran obra de la cual no debiéramos desviar nuestra mente consiste en averiguar cuál es nuestra situación personal frente a Dios. ¿Están asentados nuestros pies sobre la Roca de los siglos? ¿Nos estamos escondiendo en el único Refugio? La tormenta se avecina con furia implacable. ¿Estamos preparados para hacerle frente? ¿Somos uno con Cristo así como él es uno con el Padre? ¿Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo?...

El carácter de Cristo debe ser el nuestro. Debemos ser transformados por la renovación de nuestro corazón. En esto consiste nuestra única seguridad. Nada puede separar a un cristiano viviente de Dios.

Fuente: ¡Maranata: el Señor Viene! p.107.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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miércoles, 31 de diciembre de 2008

El mensaje especial de Dios para hoy. Por Elena G. de White.

La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. (Rom. 13: 12).

En un tiempo como éste deberíamos tener un solo objetivo en vista: Emplear todo medio que Dios ha provisto para sembrar la verdad en los corazones de los hombres. . . Es deber de todo cristiano esforzarse al máximo para difundir el conocimiento de la verdad.

Dios ha esperado largo tiempo, y todavía está esperando, que los seres que son suyos por creación y por redención escuchen su voz y le obedezcan como hijos amantes y dóciles que desean estar cerca de él y que la luz de su semblante los ilumine. Debemos llevar al mundo el mensaje del tercer ángel, amonestando a los hombres que no adoren a la bestia ni a su imagen e invitándolos a tomar ubicación entre los que "guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14: 12). Dios no nos ha revelado cuándo terminará este mensaje o cuándo concluirá el tiempo de gracia. . . Nuestro deber consiste en velar, trabajar y esperar, y trabajar continuamente por las almas de los hombres que están a punto de perecer.

Ahora mismo debemos velar, trabajar y esperar. . . El fin de todas las cosas se acerca. . . El Espíritu del Señor está obrando para tomar la verdad de la Palabra inspirada y grabarla en el alma, de modo que los profesos seguidores de Cristo tengan un gozo santo y sagrado que puedan impartir a los demás. El momento oportuno para realizar nuestra obra es ahora, ahora mismo, entre tanto que el día dura...

Se necesita un testimonio más profundo, más decidido, más convincente del poder de la verdad, manifestado en la piedad práctica de los que profesan creerla...

Debemos tener la verdad implantada en el corazón, y debemos enseñarla a los demás tal como es en Jesús. El mundo está pasando por un período muy solemne, porque las almas están decidiendo cuál será su destino eterno. Satanás y sus ángeles están conspirando continuamente para invalidar la ley de Dios y esclavizar de esa manera las almas de los hombres mediante los afanes del pecado. La oscuridad que cubre la tierra es cada vez más densa, pero los que andan humildemente con Dios no tienen nada que temer.

Fuente: ¡Maranata: el el Señor Viene! p.106.
Autor: E. G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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sábado, 20 de diciembre de 2008

Sirvamos al Maestro. Por Elena G. de White.

Cada talento tiene su lugar.

Es el propósito divino que el plan de salvación no sea llevado a cabo en forma independiente de los instrumentos humanos. A fin de proclamar el evangelio a la raza humana, Dios no ha elegido a los ángeles, sino a hombres con pasiones semejantes a las nuestras. Pablo dice: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros”. Fue para que Dios reciba la honra que esta obra fue encomendada a los débiles y descarriados mortales… Es importante que todos los que han sido hechos partícipes de esta gran salvación comuniquen a los demás lo que les ha sido dado a conocer.

Demos lo mejor

Todos los que han recibido la luz de la verdad son colocados bajo solemnes obligaciones para permitir que la luz se esparza hacia los demás. Cada uno puede, dentro de su humilde esfera, hacer algo para el Maestro. Puede ser que no sea capaz de realizar ofrendas magníficas para colaborar con el avance de la causa de Dios, pero puede dar el servicio dispuesto y alegre de un corazón obediente. No todos pueden ser predicadores; no todos pueden ser generales en el ejército del Señor; pero todos pueden ser soldados fieles, que siguen en humilde obediencia las órdenes del Capitán de su salvación. Pueden animar a sus compañeros con palabras de valor y esperanza y, al hacerlo, revelarán las alabanzas de aquel que los ha llamado de las tinieblas a su luz admirable. Dios requiere de todos el mejor servicio que puedan dar…

Que cada uno se pregunte diligentemente: ¿Qué he hecho por Cristo?… Y entonces, que en humildad cada uno se entregue sin reservas a Dios, diciendo: Heme aquí, Señor, envíame a mí.

En ese gran día, cuando toda obra sea traída a juicio, los labios del Maestro dirán estas palabras sobre los atónitos oídos de los obreros humildes y pacientes: “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis”. Los que escuchen estas palabras no recordarán haber 
hecho algo digno de tal encomio, por lo que preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos así?” La respuesta no se hace esperar: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”… y agregará: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”…

Hay una obra para todos

Dondequiera se erija una iglesia, el ministro no debería considerar que su deber está cumplido hasta que todo haya sido organizado y puesto en correcto funcionamiento. Todo miembro debería llegar a ser un misionero. Todos deberían hacer algo para contribuir a esparcir la luz de la verdad; esa actividad les ayudará a crecer espiritualmente…

El obrero que establece pequeños grupos aquí y allí, jamás debería dar la impresión, a los que recién han aceptado la fe, que Dios no requiere que ellos trabajen de manera sistemática para contribuir a sostener la causa mediante sus esfuerzos y medios personales…

Recibisteis de gracia, dad de gracia

Los que han sido hechos partícipes de la gracia divina no deberían demorarse en mostrar su aprecio por el don recibido. No deberían creer que el diezmo es el límite de su liberalidad… Ninguno debería olvidarse de dar ofrendas de agradecimiento y voluntarias para Dios…

El Señor brinda a algunos la oportunidad de honrarlo con la abundancia del sustento. Otros, si no les es posible hacer más por Dios, pueden honrarlo igualmente al buscar la oportunidad de dar una copa de agua fresca al discípulo cansado y sediento. No solo los que ostentan grandes posesiones tienen el privilegio y el deber de ser fieles, sin escatimarle nada al Señor… El que sigue el plan divino en lo poco que le ha sido dado recibirá en retorno lo mismo que el que ofrenda de su abundancia…

¡Oh, si pudiera impresionar a todos con la importancia 
de seguir el plan de Dios en todas las cosas, y en llegar a ser obreros para él! Humillemos nuestros corazones ante el 
Señor y, cuando lleguemos a ser sus verdaderos seguidores, sentiremos que debemos confesar que hemos hecho 
demasiado poco por el amado Salvador que tanto hizo por nosotros.


Fuente: Adventist World. Este artículo es un fragmento del que apareció en la Advent Review and Sabbath Herald, conocida ahora como la Adventist Review, el 24 de agosto de 1886.
Autor: Elena G .de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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viernes, 28 de noviembre de 2008

UN LIBRO ABIERTO. Por Elena G. de White

“Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres” 2 Corintios 3:2.


De manera especial, los que tienen la bendición de estar conectados con Dios, deberían, mediante una estrecha aplicación a su santa Palabra, imitar al gran Modelo para hacer el bien, ejemplificando así la vida de Cristo en su conversación diaria, en caracteres puros y virtuosos. Los cristianos corteses y benefactores adornan la doctrina y muestran que la verdad de origen celestial embellece el carácter y ennoblece la vida… Sus palabras diarias y nobles acciones recomiendan la verdad a los que han tenido prejuicios contra ella por causa de los profesantes nominales, de los que han tenido forma de piedad, aunque sus vidas han testificado que no sabían nada de su poder santificador.

El ejemplo perfecto
Ningún hombre, mujer o joven puede obtener la perfección cristiana mientras descuida el estudio de la Palabra de Dios. Al escudriñar con cuidado y esmero su palabra, pueden obedecer los mandatos de Cristo: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Esta búsqueda capacita al estudiante para observar fielmente el Modelo divino… A fin de poder imitarlo, el Modelo debe ser inspeccionado a menudo y en detalle. Al familiarizarse con la historia del Redentor, descubre en sí mismo defectos de carácter; sus diferencias con Cristo son tan grandes que ve que no puede ser su seguidor sin realizar grandes cambios. Sigue estudiando, con el deseo de ser como el gran Ejemplo; capta la mirada, el espíritu de su amado Maestro; al contemplarlo, es transformado… No podemos imitar a Jesús si apartamos la mirada de él y lo perdemos de vista, sino cuando habitamos en él y hablamos de él, cuando procuramos refinar el gusto y elevar el carácter buscando acercarnos mediante esfuerzos sinceros y perseverantes, por la fe y el amor, al Modelo perfecto. Si nuestra atención se centra en Cristo, su imagen… llega a instaurarse en el corazón como “el preferido entre diez mil y el más codiciable”. Aun inconscientemente imitamos a aquello con lo que estamos familiarizados. Si conocemos a Cristo, sus palabras, sus hábitos, sus enseñanzas, y si nos apropiamos de las virtudes de carácter que hemos estudiado tan estrechamente, llegamos a estar imbuidos del espíritu de ese Maestro que tanto hemos admirado.

Una fe inconmovible
Después de la resurrección, dos discípulos que viajaban a Emaús hablaban del chasco ocasionado por la muerte de su amado Maestro. Cristo mismo se acercó a ellos sin que los discípulos dolientes lo reconocieran. La fe de ellos había sucumbido junto con su Señor, y sus ojos, cegados por la incredulidad, no discernían al Salvador resucitado. Al caminar junto a ellos Jesús anhelaba revelárseles, pero eligió no hacerlo en seguida; se limitó a ir a su lado como compañero de viaje, y les preguntó de qué estaban hablando entre ellos, y por qué estaban tan tristes. Se sintieron atónitos ante su pregunta, y le preguntaron si en efecto era un extraño en Jerusalén y no había oído que un profeta poderoso en palabra y acciones había sido crucificado por manos malvadas. Era ahora el tercer día, y habían oído informes extraños de que Jesús había resucitado, y que había sido visto por María y algunos de los discípulos. Jesús les dijo: “¡Insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho. ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria?” (Luc. 24:25, 26). Y comenzando con Moisés y los profetas, les explicó lo que decían las Escrituras de él.

Cuando llegaron a Emaús, Jesús hizo como que iba más lejos, pero los discípulos le rogaron que se quedase con ellos, porque ya había oscurecido y era de noche. Pronto se prepararon los alimentos, y mientras Jesús ofrecía las gracias los discípulos se miraron entre sí atónitos. Sus palabras, sus modales y sus manos heridas les fueron reveladas, por lo que exclamaron: “¡Mi Señor y Dios!”. Si los discípulos hubieran sido indiferentes a su compañero de viaje, habrían perdido la preciosa oportunidad de reconocer a ese acompañante que había razonado tan hábilmente de las Escrituras en relación con su vida, sus sufrimientos, y su muerte y resurrección. Cristo los reprobó por no conocer lo que de él decían las Escrituras. Si hubieran estado familiarizados con las Escrituras, su fe se habría visto sostenida y sus esperanzas habrían permanecido inconmovibles, porque la profecía declaraba claramente el tratamiento que recibiría Cristo de aquellos a quienes había venido a salvar. Los discípulos estaban atónitos de no haber podido descubrir a Cristo inmediatamente, cuando hablaba con ellos por el camino, y porque no habían podido emplear en defensa propia las Escrituras que Jesús les había hecho recordar. Habían perdido de vista las preciosas promesas; pero cuando las palabras habladas por los profetas les fueron recordadas, se reavivó su fe, y después que Cristo les fue revelado exclamaron: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?” (Luc. 24:32).

Despertar la llama de pasión por Cristo
La Palabra de Dios hablada al corazón tiene un poder que anima, y los que presenten cualquier excusa para descuidar el estudio de ella, estarán descuidando los mandatos divinos en muchos aspectos. Su carácter se verá deformado, sus palabras y acciones avergonzarán a la verdad. El apóstol nos dice: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”(2 Tim. 3:16, 17). Uno de los profetas de Dios exclama: “En mi meditación se encendió mi fuego” (Sal. 39:3). Si los cristianos escudriñaran fielmente las Escrituras, más corazones arderían con las verdades vivas allí reveladas. Sus esperanzas brillarían con las preciosas promesas esparcidas como perlas en todos los escritos sagrados. Al contemplar la historia de los patriarcas, de los profetas, de los hombres que amaron y temieron a Dios y caminaron con él, los corazones brillarán con el espíritu que animó estas verdades. Cuando la mente se enfoque en las virtudes y piedad de los santos hombres de antaño, el espíritu que los inspiró encenderá una llama de amor y sagrado fervor en los corazones de los que serán como él en carácter.

Fuente: AdventistWorld.com
Autor: Elena G. de White. Este artículo es un extracto del publicado por primera vez en The Advent Review and Sabbath Herald, ahora la Adventist Review, el 28 de noviembre de 1878. Los adventistas creemos que Elena de White ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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viernes, 24 de octubre de 2008

UN MENSAJE PARA NUESTRO TIEMPO. Por Elena G. de White


Nuestros mejores afectos, aspiraciones más nobles y servicio más pleno para Jesús.

Si hubo alguna vez un tiempo en el que fue necesario contar con fe e iluminación espiritual, es ahora. Los que velan en oración y escudriñan cada día las Escrituras con el sincero deseo de conocer y hacer la voluntad de Dios, no serán alcanzados por ninguno de los engaños de Satanás…

[El] Señor ayudará a los que se mantengan firmes en defensa de su verdad. Muchos que vean la luz, no la aceptarán, y temerán confiar en el Señor. Jesús dice: “Por tanto os digo: No os angustiéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se angustie, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os angustiáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos”. El gran Artista Maestro nos ha dado las bellezas de la naturaleza… Él es autor del color delicado de las flores y, si ha hecho tanto por una simple flor “que hoy es y mañana se quema en el horno… ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”.

El cuidado de Dios por nosotros
Dios amó de tal manera al mundo que envió a su hijo unigénito a morir para rescatar al ser humano del poder de Satanás. ¿No cuidará acaso al que ha sido formado a su imagen?... Nuestro Padre celestial no dejará que sus hijos pongan su confianza en él para luego abandonar sus promesas… Comprende todas las circunstancias de la vida. Ve y sabe dónde nos encontramos. Está familiarizado con nuestras penas y angustias. Nos conoce por nombre y se compadece de nuestras enfermedades, porque ha sido tentado en todo y sabe cómo socorrer a los que son tentados. Jesús es nuestro Ayudador, y promete cuidar de todos los que confíen en él.

Confianza creciente en El
A cada uno, Dios ha encomendado talentos que deben ser incrementados por medio del uso. Se nos ha dado una razón con la cual debemos glorificar a Dios. Es preciso que en todas las cosas nos mostremos leales a él. No nos fueron dadas capacidades para que las empleemos meramente en servicio propio, sino que tienen que ser utilizadas para alcanzar ciertos fines, para amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Los principios cristianos han de ser parte indivisible de nuestra vida y experiencia. Debemos desarrollar una vida de fe en el Hijo de Dios. Hemos de vivir para agradar a Jesús; al hacerlo, nuestra fe y confianza en él serán cada día más fuertes. Podremos entender lo que ha hecho por nosotros y lo que está dispuesto a hacer, y poseeremos la alegría y el sincero deseo de hacer algo para mostrarle nuestro amor. Esta tarea llegará a ser un hábito. No cuestionaremos si debemos obedecer, sino que seguiremos la luz y cumpliremos la obra de Cristo. No buscaremos la conveniencia propia, ni cuestionaremos si obedecerlo responde a nuestros intereses temporales. Los que aman a Jesús sentirán el deseo de obedecer todos sus mandamientos. Escudriñarán la Biblia con cuidado para conocer sus doctrinas. Ninguna otra cosa que no sea la verdad podrá satisfacerlos, porque llegarán a ser los representantes de Cristo en la tierra.

Permaneced firmes
Cristo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Es necesario que sus seguidores estén tan cerca de él como sea posible. No podemos hablar como él habló, pero hemos de imitarlo, porque es nuestro modelo. No tenemos que erigir luces falsas, ni presentar herejías como verdades. Es preciso que sepamos que toda posición que adoptemos ha de estar apoyada por la Palabra de Dios…

Deseamos la verdad en todo momento. La queremos pura, sin mezcla de error y sin la contaminación de las máximas, costumbres y opiniones del mundo. Queremos la verdad por más inconveniente que sea. La aceptación de la verdad siempre contiene una cruz. Pero Jesús dio su vida en sacrificio por nosotros; ¿no le daremos nosotros nuestros mejores afectos, nuestras aspiraciones más nobles, nuestro servicio más pleno? Hemos de llevar el yugo de Cristo, hemos de levantar su carga. Sin embargo, la Majestad del cielo declara que su yugo es fácil y su carga ligera. ¿Rehuirá acaso nuestra religión a la negación del yo? ¿Evitaremos el sacrificio propio, y dudaremos en renunciar al mundo y todos sus atractivos? ¿Seremos nosotros, aquellos por los que Cristo tanto ha hecho, oidores pero no hacedores de sus palabras? ¿Negaremos con nuestras vidas apáticas e inactivas la fe, y haremos que Jesús se avergüence de llamarnos sus hermanos?...

El futuro victorioso
Solo los vencedores podrán entrar a la Santa Ciudad, al Paraíso de Dios. Estos serán los que hayan permanecido en defensa de la fe, dada una vez a los santos, y que hayan peleado la buena batalla de la fe, “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”. Por eso, al igual que Cristo, trabajemos desinteresadamente para traer almas al conocimiento de la verdad. Se necesita todo nuestro corazón, cuerpo, alma y fuerza para esta tarea. Si trabajamos con fidelidad, sin preocuparnos por el aplauso o la censura del mundo, escucharemos el “bien hecho” de la Majestad del cielo, y recibiremos la corona, la palma de la victoria y las ropas blancas que son la justicia de los santos.

Fuente: AdventistWorld.org
Autor: Elena G. de White. Este artículo ha sido extraído del que apareció por primera vez en la Advent Review and Sabbath Herald, ahora la Adventist Review, el 25 de agosto de 1885. Los adventistas creemos que Elena G. de White ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

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viernes, 28 de setiembre de 2007

EL "LEITMOTIV" DE LAS ESCRITURAS.

"Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo". (Job. 19: 25).


Una de las verdades más solemnes y más gloriosas que revela la Biblia, es la de la segunda venida de Cristo para completar la gran obra de la redención. Al pueblo peregrino de Dios, que por tanto tiempo hubo de morar "en región y sombra de muerte", le es dada una valiosa esperanza inspiradora de alegría en la promesa de la venida de Aquel que es "la resurrección y la vida" para hacer "volver al hogar a sus hijos exiliados". La doctrina del segundo advenimiento es verdaderamente la nota tónica de las Sagradas Escrituras. Desde el día en que la primera pareja se alejara apesadumbrada del Edén, los hijos de la fe han esperado la venida del Prometido que había de aniquilar el poder destructor de Satanás y volverlos a llevar al paraíso perdido. . . Enoc, que se contó entre la séptima generación descendiente de los que moraran en el Edén y que por tres siglos anduvo con Dios en la tierra, pudo contemplar desde lejos la venida del Libertador. "He aquí que viene el Señor, con las huestes innumerables de sus santos ángeles, para ejecutar juicio sobre todos" (Jud. 14, 15, VM). El patriarca Job, en la lobreguez de su aflicción, exclamaba con confianza inquebrantable: "Pues yo sé que mi Redentor vive, y que en lo venidero ha de levantarse sobre la tierra. . . aun desde mi carne he de ver a Dios; a quien yo tengo de ver por mí mismo, y mis ojos le mirarán; y ya no como a un extraño" (Job 19: 25-27, VM).*

Quiera el Dios de toda gracia iluminar de tal manera vuestro entendimiento que podáis discernir las cosas eternas, para que por medio de la luz de la verdad vuestros propios errores, que son numerosos, puedan verse tales como son, para que podáis hacer los esfuerzos necesarios para abandonarlos, a fin de que en lugar de este fruto malo y amargo, podáis producir un fruto precioso para vida eterna.

Humillad delante de Dios vuestro corazón pobre, orgulloso y lleno de justicia propia; humillaos muy profundamente a sus pies, plenamente quebrantados en vuestra pecaminosidad. Dedicaos a la obra de preparación. No descanséis hasta que podáis decir: Mi Redentor vive, y puesto que él vive, yo también viviré.

Si perdéis el cielo, lo perdéis todo; si obtenéis el cielo, lo obtenéis todo. Os ruego que no os equivoquéis en esto. Hay intereses eternos en juego.**

Extractado de ¡MARANATA: EL SEÑOR VIENE! pág. 12. * El conflicto de los Siglos, pág. 344. ** Testimonios 2, pág. 88

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