
Sin embargo, en relación a este asunto leemos en la epístola del apóstol Santiago un versículo singular y auténticamente sorprendente, que tal vez nos abra los ojos y nos permita rectificar nuestra opinión: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27). Si creemos que para mantenernos puros e incontaminados por el mundo debemos separarnos de la gente, estamos equivocados. Este texto dice justamente lo contrario. No se dice en este versículo que el ocuparse de los huérfanos y de las viudas sea un agregado de la religión. Por el contrario, se dice precisamente que esto es la esencia de la religión, y por cierto de la religión pura. ¿No pensábamos nosotros que la religión pura era ocuparse de Dios y de ninguna otra cosa? Aquí, sin embargo, se dice precisamente lo opuesto: las dos realidades más grandes para el ser humano —Dios y el prójimo—, no pueden ser alojados en compartimientos separados.
No podemos mirar las cosas con ojos extraviados: con un ojo a Dios y con otro a nuestro semejante. Ciertamente no se funden el uno con el otro, pero lo que separaba y aislaba una parte de la otra ya fue superado por la muerte redentora del Señor. Lo que estaba lejos se ha acercado, y Jesús nos ha concedido un camino abierto al Padre. Por amor a Jesús, el Padre ha tocado nuestro corazón, que antes estaba muy lejos de él; y lo ha transformado, atraído hacia sí, y dotado con su gracia y con su Espíritu Santo. A través de su Espíritu, Dios quiere vivir en nuestro corazón. No quiere vivir meramente sobre nosotros, en la lejanía, sino que, por amor a Jesús, quiere vivir en nosotros y entre nosotros. No tan solo en los templos, sino en la gracia viviente que transita en la vida cotidiana y secular.
Dios inspira en nosotros el deseo que tenemos de ser buenos y de ocuparnos del prójimo. Dios está en esos impulsos en favor de la vida que por momentos crecen en nuestro interior sin que sepamos de dónde provienen (Romanos 5:5). La modalidad del Espíritu de Dios siempre podemos leerla mejor en la vida y en la muerte de Jesús, el Hijo del Padre. Jesús estuvo movido siempre por el Espíritu, y en él se reveló del modo más claro posible lo que es propio del Espíritu de Dios: En vida y en muerte se ocupó constantemente de sus semejantes, llevando sus cargas, redimiendo sus culpas, llorando sus muertes, anunciando esperanza.
Por lo tanto, cuando prestamos nuestras fuerzas a este espíritu, cuando nos ocupamos de los huérfanos, de las viudas y de los oprimidos, ya sea en el círculo de nuestra familia o de nuestro trabajo o de nuestra sociedad, Dios se hace presente. Y lo honramos, aun sin nombrarlo.

Autor: Dr. Ricardo Bentancur, escritor, filosofo y teólogo uruguayo, actualmente editor asociado de EL CENTINELA. Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba; licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de Buenos Aires; licenciado en Teología por la Universidad Adventista del Plata y la Pontificia Universidad Católica de Buenos Aires. Ex redactor de la Asociación Casa Editora Sudamericana, Bs. As., Argentina y actual redactor de Pacific Press Publishing Association, en Idaho, Estados Unidos. Autor de dos libros y de numerosos artículos sobre teología, filosofía de la religión y fenomenología, publicados en revistas de difusión y especializadas de Europa y de las tres Américas.
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